Bolsonaro o democracia

Miércoles 8 de septiembre del 2021

Escribe: Agustín Ortíz

El 199° aniversario de la independencia del Brasil encontró al país vecino ante una marcada fragmentación política que se vio reflejada en las calles de las grandes urbes. Por un lado, los opositores al gobierno de Jair Bolsonaro que expresaron masivamente su descontento y por el otro se visibilizó una de las mayores movilizaciones de apoyo al presidente brasileño en lo que va de su mandato. Esta última, sobre todo, despertó las alarmas en gran parte del arco político de la región como internacional por presentar algunos tintes que pueden catalogarse como antidemocráticos.


Bolsonaro presenta una imagen que se derrumba hasta el momento por su propio peso, ante una de las mayores catástrofes sanitarias de la historia causada por las políticas negacionistas frente a la pandemia de COVID-19 y el fracaso del plan económico. Otro aspecto a tener en cuenta esa pérdida del recurso internacional tras la salida de Donald Trump, del cual Bolsonaro ha sido uno de sus principales discípulos. A su vez, la subida en la imagen de Lula Da Silva y los indicios de una eventual derrota frente al ex presidente, lleva a Bolsonaro a apelar a un endurecimiento del discurso en el que pone en duda a las instituciones democráticas, lanza amenazas contra el Poder Judicial y la división de poderes republicanos, como así también a los mecanismos electorales.

De hecho, el politólogo Ignacio Pirotta ha caracterizado este fenómeno en su artículo para la Revista Nueva Sociedad como «la trumpización de Bolsonaro», señalando que: «Mientras aviva a sus seguidores, algunos imaginan la posibilidad de que se produzcan eventos similares a los de Estados Unidos durante el final del mandato de Trump. Aunque un asalto al Capitolio a la brasileña parezca poco probable, habrá que seguir de cerca a las fuerzas de seguridad, que constituyen hoy un pilar fundamental del gobierno bolsonarista» (Pirotta; 2021).

Es decir, Bolsonaro ha perdido el recurso de poder de apoyo internacional tras la salida de Trump como así también el recurso institucional con el que llegó al poder: la justicia. Cuando asumió Bolsonaro puso como ministro en esta área al juez Sergio Moro, un escándalo sin precedentes ya que es quien condenó a prisión a Lula da Silva cuando era el principal candidato a ganar las elecciones de 2018. Dicho juez, renunció a comienzos del 2020 y en abril de este año fue demandado por el Tribunal Supremo por considerarse que su condena contra Lula estuvo viciada de parcialidad y persecución política. Hoy, esa acusación de lawfare con aires de serie de Netflix (recomiendo ver El Mecanismo), representa uno de los principales caballitos de batalla de Bolsonaro. Las duras críticas del presidente al proceso de revisión del juicio a Lula han ido agravando la crisis institucional y ha llegado al punto de las amenazas públicas contra la Justicia y la arenga a sus seguidores ha librar una batalla que pretende ser desarrollada a toda costa mediante la intención de un juicio político a los jueces Alexandre de Moraes y Roberto Barroso.

Por su parte, Lula Da Silva también se ha expresado públicamente advirtiendo sobre el peligro para la democracia que representa Jair Bolsonaro. En su última aparición en referencia al 7-S lo acusa de «estimular la división, el odio y la violencia» por convocar a manifestaciones ultraderechistas contra el Tribunal Supremo Federal.

Si bien las movilizaciones no cumplieron con las expectativas de quienes pregonaban un autogolpe para este mismo 7-S, lo cierto es que Bolsonaro radicaliza aún más su discurso y convoca a sus seguidores a hacerlo también con acciones, a cuentas de una creciente pérdida de recursos de poder de apoyo social y ciudadano junto a la escalada en las encuestas de Lula Da Silva. En Brasil, lo que está en juego es mucho más que un hipotético escenario electoral, lo que se discute de manera muy peligrosa, es ni más ni menos que la democracia.