La cuestión del puerto · Capítulo 20

Sábado 18 de septiembre del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar 

Capítulo 20

«Mala noche»

 

“Entre 1946 y 1955 unos 3000 sindicalistas ocuparon diversos puestos del gobierno, en calidad de ministros, secretarios de Estado, diputados, agregados obreros en el servicio exterior, concejales, etc. El porcentaje de diputados nacionales pertenecientes a los estratos más altos de la sociedad disminuyó, entre 1942 y 1952 del 30 al 5%, y casi la mitad de los parlamentarios peronistas constituyeron el bloque de origen gremial. Los sindicatos crecieron, de 500.000 miembros en 1945, a 3.000.000 en 1951 y cerca de 6.000.000 en 1955…”.

Buchrucker, C. Nacionalismo y peronismo.

 

El chino abrió los ojos y se dijo que había pasado una noche de mierda, como hacía tiempo que no le tocaba. Con el amanecer llegó el fin del suplicio. Peor aún que el insomnio, era ese sueño ligero, como alerta, que no le permitía descansar ni relajarse.

Era la cáscara vacía del sueño, sin su contenido reparador. Como una mímica. Lo había padecido mucho al llegar a Argentina, le dio una tregua con la adaptación y había vuelto a acechar periódicamente a partir de la secesión y la pandemia.

En algún rincón de su ser, despojado de los bienes acumulados, las relaciones y el poder que había sabido construir, al caer sus párpados, volvía a ser un inmigrante atemorizado, nostálgico y famélico.

Esta vez, ni las mollejas y el DV Catena malbec roble que le dejaba como prenda de amistad Remil, uno de los jefes patricios, ni el asado de cordero de los enviados de Máximo, del otro lado de la General Paz, habían logrado mitigar esa angustia, esa sensación de descalabro interno.

Palpó a su lado. La china Susana ya estaría en el salón, dando órdenes entre las góndolas, preparando todo antes de levantar la cortina metálica. Los empleados, uno correntino y otro tucumano, vecinos del Barrio Piedrabuena, allá en las badlands, le dedicarían un gesto sumiso y una burla en cuanto se distrajera. El criollo es así, se dijo, taimado.

Algo lo jodía, lo inquietaba. Se negaba a empezar la jornada como si nada, a arrastrar el malestar un día más. Se dejó caer al piso y comenzó una serie de estiramientos. La pinza, la cobra, a una pierna, a la otra, a las dos, luego flexionadas. Sintió que la sangre se oxigenaba y fluía mejor por venas y arterias. En argentino, que el agua le llegaba al tanque.

Salió a la terraza y se paró de frente al este, al sol naciente, a los barrios viejos y tradicionales de la ciudad, a los que sus ojos rasgados le impedían acceder, y al río un poco más allá. Comenzó a hacer la forma sombra, una sucesión de cuarenta y tres movimientos, que admitía variaciones de velocidad, ritmo y energía.

Apenas moverse, llegó a un atisbo, un principio de comprensión. Osvaldo y el Negro. Algo de su presencia, de sus modales, lo había inquietado. Primero, habían entrado a la ciudad pantano por sus propios medios, sin recurrir a él. Segundo, le habían dedicado una visita de pocos minutos, casi de compromiso. Y la conversación había sido algo tensa, una especie de partida de truco. Ninguno de ellos se había sincerado realmente. No era el trato que se dispensa a un aliado. Mucho menos, a un aliado valioso. ¿A qué habían venido realmente? ¿A sondearlo? ¿A advertirlo?

Lo otro tenía que ver con Susana. Estaba cada vez más argentina y peronista, es decir, feminista. No era la primera vez que le cuestionaba ciertos gustos, pero ahora lo hacía con mayor frecuencia y mayor énfasis. Encima tenía el don de la oportunidad, de atacar justo cuando más lo jodía. Le había caído mal la molleja por esa discusión.

Antes de completar la primera vuelta de forma sombra, había visto la relación entre las dos cosas. Porque había una relación y ahí estaba el nudo de su reciente incomodidad.

Era el peronismo. Su naturaleza era vital y creativa, pero también caótica e inestable. La vecina revolución justicialista había resuelto muchos problemas, pero había creado nuevos. El justicialismo subvertía las jerarquías, interpretaba acabadamente el sentimiento plebeyo que siempre es motor, pero no conductor, de los tiempos de cambios. Eso creaba una confusión muy parecida a la anomia. Al menos, desde una perspectiva conservadora, como la de Wan.

Podía tomar cerveza del pico, podía fumar porro con los pibes que paraban en plaza Devoto. Podía adornar a un rati o chapear, según el caso. Podía quedarse con vueltos de las compras centralizadas que hacía para los autoservicios de la ciudad. De hecho, hacía todas esas cosas. Pero, dentro suyo, un chino sobrio y tradicionalista, lo condenaba en silencio, con una mueca de desprecio. No entendía cómo, en estos arrabales, detrás de cada hecho cotidiano, subyacía siempre la maquinaria inclemente del movimiento nacional justicialista.

Wan Door y el supermercado.

El chino nunca había dejado de añorar el orden de su país natal: una sociedad donde todo es previsible, todo está regulado y ningún sujeto se atreve a desafiar eso. Había terminado en un país que era todo lo contrario… Y se pondría peor.

Había dedicado sus casi cuarenta años en Argenchina a construir una posición, un prestigio, un patrimonio. ¿Iba a socavar él mismo lo que había alcanzado tan esforzadamente? ¿Realmente iba a colaborar con el justicialismo para que tomaran la ciudad? No sabía qué tenía para ganar, pero lo que podía perder saltaba claramente a la vista. No lo conformaba ni la hipótesis de máxima. Ser secretario de estado, en inteligencia o en comercio, implicaba que el nuevo gobierno, tal vez hasta un simple ministro, podía pedirle la renuncia. Eso no era verdadero poder, era ser un ladrillo más en la pared. Una pared que no ofrecía garantías.

Se pegó una breve ducha helada bajo el cielo de invierno, semiescondido entre las plantas. Cuando cerró la canilla, ya sabía cuáles serían sus siguientes pasos.

Tenía que hablar con Remil. Remil Junior era el jefe de una de las facciones más importantes en que se habían descompuesto los patricios, la vieja policía militar, disuelta por el primer gobierno parlamentario progresista, vegano y sexualmente diverso. Ahora, como organización paramilitar, eran mucho más prósperos. Ningún corsé legal o institucional limitaba sus apetitos de poder y negocios.

Él los conocía de comprar mercadería robada para los puntos de venta, pero en la calle se decía que los patricios de Remil no le hacían asco a nada: protección, falopa y, últimamente, gracias al río revuelto que era el sistema parlamentario, algunos homicidios políticos.

Remil Junior era hijo de un veterano de la guerra de Malvinas. El entrenamiento de su padre lo había hecho peligroso, no la payasada de la escuela de policía. Era joven y despiadado. No alardeaba, pero estaba claro que tenía buena llegada en la sede de Parque Patricios. Como él, tampoco tenía patria. En algún sentido, eran pares, mercenarios. Solo que Remil era un mercenario con acceso al palacio. Tenía que conducirlo hasta el príncipe. Tal vez pudieran reaccionar a tiempo. Tal vez pudieran maniobrar y evitar el obsceno futuro que los esperaba.

Bajo la escalera y entró al salón. Ignoró los reclamos que le hizo el verdulero, mientras acomodaba su mercadería. Cruzó el autoservicio a toda marcha. -Vo, a la caja-, le ordenó Susana. -¿Poqué tardaste tanto? -Hoy no. Arreglate sin mi-, le respondió.

Ella le cortó el paso, decidida a ponerlo en caja. Al mirarlo, encontró en su mirada un destello, una ferocidad que conocía bien, pero que creía ya cosa del pasado. En los ojos de Wan Door vio al chino milenario, vio al chino de las dinastías, vio al chino del imperio más grande que la humanidad nunca hubiera visto. Entonces se apartó en silencio.

Remil Jr. era el hijo de un veterano de Malvinas