La pesadilla de la casa propia

Departamento

Lunes 20 de septiembre del 2021

Columna «No está bien, está mal» de Nicolás Dulcich en #NoNosQuedaOtra por #la990. Ni gente sin casa ni casas sin gente: la creciente dificultad de alquilar y el ya casi mitológico sueño de convertirte en propietario/a en la Ciudad de Buenos Aires.

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La población de la Ciudad de Buenos Aires se mantuvo estable desde la década de 1940 hasta hoy. Al mismo tiempo, la cantidad de propiedades disponibles para habitar creció exponencialmente. Es decir, hay más casas para el mismo número de gente. Sin embargo, a contra pelo del relato neoliberal, cada día es más difícil (por no decir, imposible) alcanzar el sueño de la casa propia.

Evolución de inquilinos

Si prestamos atención a los censos de población, entre 1947 y 1991, fue relativamente fácil acceder a la compra de un inmueble. De hecho, año a año creció la cantidad de inquilinos que dejaban de serlo para convertirse en propietarios. Así lo muestran los números: hubo una tendencia decreciente de inquilinos que fue del 82% en 1947 al 22% en 1991. Ahora bien, esta tendencia se detuvo abruptamente con el comienzo de la convertibilidad menemista y se revirtió, por primera vez en la historia, luego de la crisis del 2001. A partir de entonces, la cantidad de inquilinos aumenta año a año.

¿Qué pasó? De acuerdo con estudio realizado por el investigador Joaquín Benitez (ICO – UNGS), habría varías causas para explicar este fenómeno. Por un lado, desde el 2002 los valores inmobiliarios experimentaron un crecimiento extraordinario en toda la región metropolitana. Sólo en la ciudad, el promedio del m² que en 2002 se pagaba a US$ 193 pasó a los US$ 1.014 en 2008 y, actualmente, llegó a los US$ 2.413.

Por otro lado, el acceso a créditos hipotecarios se volvió cada vez más difícil: las estadísticas muestran que el porcentaje de escrituras realizadas con una hipoteca cayó notablemente luego de la crisis del 2001. En el 2000, el 20,7% de la compraventa de inmuebles en la ciudad se realizó a través de una hipoteca, mientras que para el 2010 sólo el 5,8% de las transacciones fueron facilitadas por el crédito bancario. Además, a esta ecuación hay que sumarle una triste realidad: el poder de compra de lo salarios es el más bajo de las últimas décadas.

Así, en los últimos años el mercado inmobiliario en la ciudad estuvo financiado principalmente por sectores medios-altos y altos con amplia posibilidad de ahorro y liquidez que decidieron invertir en viviendas como reserva segura de valor (en un contexto signado por una inflación creciente y la constante devaluación del peso). Esto explica porque el mercado inmobiliario construyó tantos departamentos de 1 y 2 ambientes: la creación de viviendas que no se ocupan (ya que tienen fines de inversión y especulación) daña seriamente las posibilidades de acceso para aquellas personas que efectivamente necesitan vivir en ellas. Se calcula que alrededor del 20% de las viviendas de la ciudad se encuentran deshabitadas.

De esta manera, la valorización inmobiliaria y la dificultad de acceder a un crédito hipotecario no sólo provocó un aumento en la cantidad de inquilinos/as, sino que también deterioró el resto de los indicadores habitacionales. De ahí el crecimiento de hogares con formas de tenencia precaria (ocupación de hecho): el hacinamiento, el déficit habitacional, la población en villas y asentamientos de la ciudad, las personas en situación de calle, etc.; registran alzas significativas desde principios de la década del 2000 hasta la actualidad.

Es evidente que, en la medida que el Estado no intervenga en el asunto, el “mercado” (esa entelequia creada para que unos/as pocos/as con poder económico puedan hacer lo que quieran) seguiría generando ganancia para un pequeño grupo de personas en base al sufrimiento de las mayorías.