La cuestión del puerto · Capítulo 21

Martes 21 de septiembre de 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 21

«De Remil a Parque Patricios»

Desde la miseria somnolienta y total de la ranchada, muchos ojos asombrados los ven llegar bajo la lluvia, único acontecimiento fuera de lo común para la exclusión monótona y sin salida en la que permanece relegada la pobreza”

Juan José Saer, “La Grande”

 

Allí convivían grandes basurales, edificios abandonados, zombies de segunda y tercera generación y una nueva fauna producto de cruzas inverosímiles. Los que aspiraban a conservar cierta humanidad, se organizaban como podían, pero era difícil hacerles frente a las facciones de patricios retirados o exonerados, que eran los auténticos amos de la vida y la muerte. Después de pasar bajo la autopista, el paisaje se hizo mucho más apocalíptico. Wan Door abrió más los ojos y los oídos. Nada de lo que lo rodeaba constituía un verdadero peligro para un tipo como él, pero esta vez no quería contratiempos. No le provocaba dolor ver tanta miseria; en ese punto era un verdadero unitario.

Nunca había estado en el bunker de Remil, pero sabía cómo llegar. Su aparición intempestiva era parte del mensaje. Subrayaba el concepto de urgencia. Y sus capacidades de inteligencia.

Pasando el cementerio, bajó la velocidad y empezó a observar con mayor atención. Era una de esas naves, pero ¿cuál? Todas parecían iguales, como los chinos para los argentinos, pensó. Inspeccionó las dos primeras y no registró ningún movimiento. En la tercera, apenas cubierto por un portón de rejas, vio el Audi negro que solía utilizar Remil. Le mandó por la aplicación encriptada de mensajería dos palabras, “estoy acá” y la foto de su auto.

El portón se abrió hacia un lateral y Wan avanzó con paso lento y las manos arriba. Tres patricios lo rodearon.
-¿Qué hacés acá?
-Vengo a ver a tu jefe.
-Esperá.

El que había hablado se retiró unos pasos, habló por handy, aguardó unos segundos y volvió con la respuesta.
-Pálpenlo y llévenlo arriba.

Wan atravesó de punta a punta el galpón atiborrado de mercaderías. Un zampi cargaba palets de aceite de oliva de un lado a otro, dos muchachos controlaban el stock de espumantes. La actividad no difería de la de cualquier depósito mayorista. Subieron un nivel por el montacargas y lo dejaron en un codo del pasillo, un poco más ancho, que hacía las veces de sala de espera.

-Pasá-, gritó Remil desde adentro, echado en su puesto de comando, mirando hacia el depósito, hacia sus dominios, por la pared vidriada, con los pies sobre el escritorio.
-¿Qué mierda hacés acá? Es la primera y última vez que te aparecés por sorpresa. Esto no es un club.
Wan no esperaba una bienvenida amable.
-Tengo información valiosa y vine a compartirla. Nos sirve a los dos.
-¿De qué?
-De política.
-Te escucho.
-Llevame con tu jefe.
-Te confundiste, chino. Vos estás para vender fideos, para dar el vuelto en caramelos. La política acá no es para vos.

Remil se paró para sorprenderlo, pero Wan fue más rápido. Su mano derecha avanzó invisible, en forma de cuchilla, bien tensa, con la primera falange del mayor por delante, impactó en su tráquea, justo encima de la clavícula y Remil cayó de rodillas. Contó uno, dos y tres segundos antes de permitirle volver a respirar. Cuando dejó de hacer presión, Remil se desplomó de espaldas en el piso de cemento. Sin perder la calma, Wan bajó a su altura y le habló al oído.
-El chino tiene diez mil años de conspiración y crimen político, pelotudo-. Remil inhalaba con desesperación, por la nariz y la boca. -Agradecé que te quiere ayudar. Ahora parate y llevame con tu jefe-.

Remil miró a su alrededor nuevamente, reconociendo el terreno desde esa nueva perspectiva, casi al ras del suelo. Vio las ruedas de su sillón y los pies de Wan, cubiertos con medias y ojotas.
-Detecté actividad peronista-, concedió el chino, como una limosna.
Remil se incorporó de un salto.
-Vamos-, ordenó Wan, jugando con las llaves del Audi, que había tomado del escritorio.

Recorrieron todo el camino en sentido inverso. La sala de espera, el montacargas y el enorme depósito. Los patricios de Remil los observaban desde prudente distancia.
-Vuelvo en un rato. Estás a cargo-, le dijo a otro patovica rapado, de cara cuadrada, parecido a él.

Remil se sentó al volante y aceleró a fondo, dejando atrás las industrias cerradas, las iglesias y templos derruidos y los autos incendiados. Wan, a su lado, contenía una sonrisa. Sus habilidades permanecían intactas.

Llegaron a la sede de gobierno alrededor del mediodía. El escaner de seguridad leyó sin problemas el pase pegado al parabrisas y Remil dejó el auto muy cerca de las escalinatas de acceso, en el área reservada para funcionarios. Wan se sorprendió de que hubiera tan pocos autos estacionados.

Remil caminaba adelante y Wan lo seguía a dos pasos de distancia. Nadie les tomó los datos. El único guardia que se cruzaron, al verlos avanzar firmes y decididos, se apartó de su camino. Cuando estuvieron frente a los ascensores, Remil giró y abrió una puerta lateral, apenas visible. Aparecieron en el área de maestranza, junto a los ascensores de servicio.
-No tengo huella para los principales-, reconoció Remil. -Así es más rápido.

Cuando un empleado de limpieza abrió el ascensor, subieron tras él y marcaron el último piso, el de la privada del jefe de gobierno.

Cruzaron varias oficinas vacías hasta llegar a una puerta de seguridad con portero visor.
-Soy Remil. Estoy apurado. Abran.

Pero nadie respondió. Pasaron como diez minutos. Finalmente, la puerta se abrió para dejar salir a una chica de veintitantos, seguramente una pasante o secretaria. Remil y Wan pasaron, una vez más, sin esperar permiso ni autorización.

Aparecieron en otra estancia vacía. No era una oficina sino un living, frío e impersonal como suelen ser los de los despachos oficiales. Parecía no usarse mucho. Desde la puerta opuesta, la que supuso Wan que comunicaría con la oficina propiamente dicha, salió un tipo vestido con remera de Los Piojos y zapatillas Converse, el look de su juventud, a principio de siglo. Sin dirigirles la palabra, se sentó frente a la notebook que descansaba sobre la mesa vidriada. Remil miró a Wan y suspiró.
-¿Le rompemos un brazo?-, preguntó Wan, sin perder el tono amable de siempre.
Remil gesticuló que no. Se aclaró la garganta ruidosamente, como para llamar la atención del eterno adolescente.
-Si-, dijo el otro, la vista fija en la pantalla.
-Tenemos que hablar con Martín-, dijo Remil.
-Los viernes no viene. Vuelvan el lunes. Después del mediodía.

Wan se acercó sigilosamente. Quería saber qué tarea crucial desarrollaba el adolescente tardío, que concentraba su atención y le impedía atenderlos. Cuando estuvo detrás de él, vio con claridad las cartas francesas, el puntaje. Solitario.
Wan, en un único movimiento, puso su mano derecha en la mejilla izquierda del falso adolescente y la derecha sobre la izquierda.
-Si te movés, te rompo cuello. Llamalo a tu jefe. Es urgente.
-Pruebo, pero no me va a atender. Ustedes no lo conocen-, dijo intentando disimular el temor.

Wan deslizó la mano en los bolsillos del empleado, hasta encontrar su teléfono. Buscó en la lista de contactos. Supuso que sería Martín L. Apretó el botón verde. Sonó muchas veces.
-Poné para grabar-, ordenó Wan.
-Presidente, boludo. Hay invasión peronista. Y vo? Jugando golf? Garchando?
-Va a pensar que es una joda mía-, terció el asistente.
-Dejame a mi-, dijo Remil. -Esto se pone fulero y no es joda. Hay que moverse rápido. Es tu culo el que peligra, no el mío.
-¿Y ahora?
-Ahora a esperar-, respondió Reml, que transitoriamente recuperaba el mando de las operaciones.
-¿Quieren jugar a algo? Tengo cartas de truco y de poker…
-¿Y este quién es?-, Wan señaló al asistente
-Debe ser de la Franja, tiene toda la pinta.
El asistente sonrió. Se sintió reconocido.

Wan se sacó las ojotas y se acostó en uno de los mullidos sillones. Empezaba a bajarle la adrenalina y la mala noche anterior le pasaba factura.
-Voy a dormir un poco. Despertame si hay novedad.
Cuando Wan volvió a abrir los ojos, se encontró con una vista privilegiada de la tormenta que comenzaba a formarse en el sudeste. La altura, pensó, es uno de los verdaderos atributos del poder. Pasó un buen rato frente a los cristales, observando y pensando.

Buscó en la lista de contactos. Supuso que sería Martín L.
Buscó en la lista de contactos. Supuso que sería Martín L.

Era evidente que la ciudad estaba a la deriva. Nadie la gobernaba. ¿Qué chances tenía un jefe de gobierno que no trabajaba los viernes de enfrentar a los bonaerenses con éxito? Había sido un error venir acá. Había sopesado mal las opciones y jugado sus cartas todavía peor.
-¿Nada?-, preguntó.
-Nada-, respondió Remil.
-Yo les dije…-, tímidamente, el franjista.
-Vamos. Tengo una idea-, dijo Remil. Pronto oscurecería.

En el auto, Remil le contó a donde iban. Tenía información de un posible liderazgo alternativo. Un tipo que se estaba preparando para reemplazar a Martín Lustkof. Pero no uno más, uno que tenía intenciones de parar el kilombo y poner un poco de orden, si es que eso era posible. Tal vez tuviera la sangre que le faltaba al actual jefe de gobierno. Tal vez fuera el hombre del destino. Era ese o ninguno.
-¿Dónde está? ¿Cómo se llama?
-Se llama Peredo. Está en la casa de un ex funcionario, escritor, también muy influyente. Vamos para allá.

Cruzaron la ciudad sin respetar un solo semáforo y llegaron a Recoleta con las primeras gotas de lluvia. Tocaron el timbre del petit hotel. Nadie respondió. Remil forzó la puerta principal sin dificultad. Entre los dos recorrieron las habitaciones de abajo. Vieron tazas de café, vacías pero tibias, sobre la mesa ratona.
-Se acaban de ir-, afirmó Wan.

Remil pateó la mesa de abajo hacia arriba. La hizo volar, con todo lo que tenía encima, hasta estrellarse contra la pared. La vajilla explotó en cien fragmentos mínimos