La cuestión del puerto · Capítulo 22

Miércoles 22 de septiembre del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 22

«Cambio de planes»

 

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas” (Rodolfo Walsh, Periódico de la CGT de los Argentinos).

Rodolfo Walsh
Rodolfo Walsh

El lugar era claramente una sala de situación -enorme mesa ovalada cubierta de mapas, sillones individuales de cuero alrededor-, pero no era en Viedma ni en La Plata. Nunca antes había estado allí.

Su soledad e intriga duraron poco. Por una puerta apareció Perón, detrás de él su padre y muchos otros compañeros que fueron copando la sala hasta rodearlo. La vista se le iba de un lado a otro, tratando de reconocer a las mujeres y a los hombres, protagonistas de las más gloriosas páginas de la historia argentina. La emoción lo hizo saltar del sillón, como un resorte.
-Disculpá que te hayamos hecho esperar, Máximo.
-No pasa nada, General.
Una mano, cuyo dueño no alcanzó a ver, le revolvió afectuosamente el pelo.
-Está todo bien, pibe. Ya fue el bardo entre nosotros. Ahora hay que concentrarse en lo importante.
-¿Rest…Restaurador?
-Juanma para los amigos. Pero escuchalo a tu viejo que tiene que decirte algo.

Tomaron asiento. Máximo se desplomó en su sillón, prematuramente agobiado. A la emoción que sentía se le sumó algo de zozobra: los viejos eran unos capos, pero siempre encontraban la manera de complicarle la vida. Se preguntó con qué le saldrían esta vez.

-El 17 de octubre queda muy lejos. La situación local e internacional hoy es óptima. No tiene sentido esperar-, dijo Perón.
-Además, hay compatriotas sufriendo mucho ahí. Son compatriotas, hay que hacerse a la idea-, agregó la voz inconfundible de Evita. Se dio vuelta a mirarla y le sonrió. Era la primera vez que se le presentaba. Supo de inmediato que, si no había ocurrido antes, había sido por prejuicios de ellos. Celebró íntimamente que los veteranos machirulos empezaran a deconstruirse, aunque fuera ahí. Nunca es tarde, pensó.

 

-Tenemos información-, agregó el Viejo. -Hay presencia británica en Montevideo, como no se detectaba hace bastante. No puede ser casual. Lo digo por experiencia, uno no puede descuidarse cuando se trata de…
-La pérfida Albión-, completó la frase Máximo. Su padre sonrió con orgullo, al verlo tan metido en tema, pendiente de los detalles.
-Perdón, ¿hay café, General?
El General señaló una mesa contra la pared del fondo, con termos, frascos de Nescafé y tazas con el escudo nacional en dorado.
-Es autoservicio. Hasta acá, nadie del gremio gastronómico calificó para quedarse.

Máximo fue por un café y volvió a ocupar su lugar.
-Entiendo. Pero el 17 de octubre no era una fecha cualquiera. Tiene un peso simbólico, un lugar en la historia. Pensé que estábamos haciendo historia, cuidando esos detalles.
-Natural-. El General hizo una pausa y encendió un cigarrillo. Eran todos de la época en que uno fumaba donde se le cantaban las pelotas. -Pero estuvimos deliberando y nos parece que el 17 de octubre ya es una fecha histórica, que no necesita más carga de la que ya tiene. Y de paso, cañazo, metemos otro feriado para que sufran los gorilas…

El General le dijo algo al oído a Saúl, que estaba sentado a su derecha. Saúl se levantó, abrió la puerta e hizo pasar a un hombre en uniforme de general de la Nación.
-Ustedes no se conocen así que los presento. Él es Máximo, ex presidente y próximo presidente. Él es Juanjo. Un compañero muy leal, aunque un poco apresurado.
-¿General Valle?-, Máximo le tendió la mano.
-Juanjo, no seas tímido. Decile a Máximo lo que nos dijiste a nosotros.
Valle parecía elegir lentamente las palabras en su cabeza.
-Dale Juanjo-, intervino Saúl. -¿Te comieron la lengua los ratones? Hace una semana que rompes con lo de tu fecha.

Juanjo dio unas cuantas vueltas, subrayó que no era un tema de vanidad personal, sino de cerrar una herida del movimiento. Que se había hecho un gran trabajo con la memoria colectiva, pero que todavía quedaban algunas cuentas pendientes. Que, como hombre de armas y peronista, estaba orgulloso del destino que le había tocado en suerte y no necesitaba nada pero…

-Poné la fecha-, se impacientó Perón.
-9 de junio.
-Pero falta menos de una semana.
-¿En cuánto tiempo pensás que armamos el 17 de octubre, eh? Y sin redes sociales.

Máximo suspiró. Buscó la mirada de su padre.
-Si fuera una locura, yo no lo consentiría-, agregó Néstor, y se escucharon, de fondo, algunas risas contenidas.

Hubo algunos murmullos, el clima se dispersó. Perón se aclaró la garganta ruidosamente para restablecer el silencio.
-Bueno, entonces ya tenemos fecha. El segundo punto es qué hacemos con la ciudad. La capital del país es Viedma. La capital de la provincia es La Plata. ¿Qué destino pensaste para el pantano?
-Un municipio más. Un municipio común y silvestre. El municipio ciento treinta y seis.
-La juventud siempre es optimista-, dijo el General, dirigiéndose al auditorio en conjunto-. Se le acercó y le palmeó la pierna. -Hace casi quinientos años que esos mierdas cagan más alto que el culo. Si los dejas así, más adelante, no sé cuando, no sé cómo, pero en algún momento, van a encontrar la forma de volver a romper las pelotas, de hacerle sentir a las provincias su supuesta superioridad. Hay que hacer algo más radical.
-¿Qué pensó, General?
-Néstor, explicale los mapas.