La cuestión del puerto · Capítulo 24

Domingo 3 de octubre de 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar 

Capítulo 24

«Hola… Gobernador»

De hecho, hay cierto consenso en cuanto a varios principios fundamentales de justicia social: si la desigualdad se debe, al menos en parte, a factores que los individuos no controlan, como la desigualdad de las dotaciones iniciales legadas por la familia o la buena fortuna, acerca de lo cual los individuos no son responsables, entonces es justo que el Estado trate de mejorar de la manera más eficaz la suerte de las personas menos favorecidas; es decir, de aquellas que tuvieron que lidiar con los factores no controlables menos propicios”.

Thomas Piketty, “La economía de las desigualdades”

Bajaron de un salto y caminaron, sin custodia, a marcha intensa, por el sendero que atravesaba un bosquecito. La residencia del gobernador estaba en el otro extremo, a un par de kilómetros de distancia.

El gobernador criaba caballos criollos y no quería que el ruido de los motores los perturbara. Entonces, había que aterrizar fuera de los potreros de cría. Como el gobernador todavía se negaba a vender sus animales, había cada vez más, que ocupaban más y más superficie, relegando el helipuerto cada vez más lejos.
-¿Cómo no nos avivamos antes de hablar con el loco este?-, se cuestionó Sergio.
-Yo lo pensé, pero me parecía mejor dejarlo para último momento. Nunca se sabe con qué va a salir-, confesó Máximo.
-Último momento hubiera sido faltando un par de semanas. Faltan veinticuatro horas.

Llegaron al final del bosque, abrieron la tranquerita y saludaron a los gauchos que custodiaban al Rusito. Sin entrenamiento cubano, esa caminata les hubiera tomado el doble de tiempo y todas sus energías.

Lo vieron de lejos. El Rusito, en cueros de la cintura para arriba, se secaba con una toalla. Llevaba el pelo largo y rojizo, atado en la nuca, y la barba, también roja, espesa y desprolija.
-Sigue con la destreza criolla. Recién practicó duelo a cuchillo, seguro.

Les hizo señas de que se acercaran, se puso un barbijo y se sentó en un tocón, de frente al jardín. Otro gaucho vino desde la cocina, le dejó tres mates ensillados y una pava de hojalata. Chocaron puños.

-Ustedes dirán.
El Rusito solía recibir en cueros para mostrar las cicatrices y los puntazos recibidos en los años difíciles. Era una manera de marcarles la cancha a los intendentes que venían a manguear obras o partidas. Era comprensible. Al Rusito lo habían denostado en su primer mandato. Que era porteño, que era judío, que no era peronista, que era muy petiso.

Al sentarse en 5 y 53, afloró en su sangre la herencia de los gauchos judíos. En su caso, no se trató tanto de las tareas agrícolas y la producción, como de la afición al caballo, al naipe y al culto al coraje, en general. Al segundo mandato mudó la residencia oficial a un campo en Villa Elisa. La élite de la policía que estaba a cargo de su custodia se fue transformando también, hasta convertirse en una renombrada montonera, “Los Leales al Ruso”. Veinte años ininterrumpidos despachando en la provincia más importante del país, habían modificado sus gustos, sus intereses, sus prioridades y sus costumbres.

Los leales al Ruso
Los leales al Ruso

Pero ellos no eran intendentes, eran presidentes. Sergio del país y Máximo del partido. Y era junio, en el campo.

Ni Sergio ni Máximo hablaron, esperando que empezara el otro.
-¿Tan fulera viene la cosa que no se animan a desembuchar?
-Para nada. Traemos buenas noticias-, reaccionó Máximo, con tono algo dubitativo. -La cuestión del puerto se resuelve pronto.
-¿Y cómo es eso?

Desde la pandemia, el comercio internacional había colapsado para recuperarse lentamente. Esa recuperación, a partir de la secesión, había favorecido a los puertos de La Plata, Zárate y Bahía Blanca. Buena parte de la pujanza de las finanzas provinciales provenía de ahí.

Máximo hizo una mención fugaz al Comando Celestial y prefirió concentrarse en los planes inmediatos. Los puntos de concentración, la ruta de cada columna, el reparto territorial, el nivel de seguridad y armamento. Sacó de entre su ropa un mapa. El Rusito escuchaba sin hacer contacto visual, mientras jugaba con su cuchillo verijero a clavarlo, cada vez más rápido, en los espacios entre los dedos de su mano izquierda, apoyada en el tocón.

Máximo terminó su explicación y el silencio se volvió incómodo.
-… Como todo esto va a ser pronto, se lo tenemos que comunicar a los gobernadores… y quisimos que vos fueras el primero-, Sergio no pudo evitar un ligero temblor en su voz.

Con un salto felino, el Rusito estuvo frente a ellos en una milésima de segundo. Clavo el verijero en el mapa, en algún barrio de la ciudad pantano. Su rostro se había transformado. Metía miedo, realmente. Entonces era cierto lo que decían de él los intendentes.
-¿Y qué pretenden? ¿que les dé las gracias? ¿que les desee suerte? ¿Se volvieron locos? ¿Qué clase de insolencia es esta?
-Calmate, Rusito-, terció Máximo.
-No me calmo un carajo-. No gritaba pero se le hincharon las venas del cuello. -Primero, esos hijos de puta usurpan territorio bonaerense. Somos los principales acreedores. Este asunto es cosa nuestra y de nadie más.
Máximo resopló, sin sacarle la vista de los ojos.
-Segundo, ¿si hay un asunto entre Resistencia y Villa Ángela, entre Santa Fe y Reconquista, entre Ushuaia y Tolhuin, ustedes se meten como viejas chismosas, arman una reunión con veintitrés gobernadores?-. El tono del Rusito iba in crescendo. -¿Saben por qué hacen estas cagadas ustedes? Porque se meten en cosas de gobernadores, pero no son gobernadores. No entienden un carajo de gobernaciones.

Máximo le puso una mano en el pecho a Sergio, para atajarlo. Era momento de guardar silencio. Él conocía bien al Rusito, sabía que estas cosas lo enloquecían. Había que dejarlo desahogarse, que se sacara la calentura con algo, preferentemente no con ellos.

De pibe le había ganado un centro de estudiantes muy jugoso a la Franja Morada, los perdedores se negaban a entregarlo y tuvo que reunir tropa de varias facultades para cobrar el botín, después de una dura batalla. El Rusito admitía opiniones -mismo cuestionamientos- a su pensamiento económico y a su estilo de gestión, pero en asuntos militares no delegaba nada.

-No se muevan de ahí-, les advirtió con su dedo índice y se alejó en dirección al bosque, mientras se ponía la camisa, con un paso sereno que contradecía su humor. Los visitantes se tomaron un par de mates fríos en silencio.
-¿A dónde va?-, preguntó Sergio, en tono apenas audible.
-A consultar al Gauchito Gil.
-¿Y nosotros qué hacemos?
-¿No lo escuchaste? Nada. Esperarlo.

El Rusito volvió al rato, desde otro lado. Ya tenía puesta la boina y el pañuelo rojo característicos. Traía del cabestro un alazán fibroso y bien proporcionado. Lo ató cortito cerca del alambrado. Otro gaucho llegó cargado de pilchas y le tiró una sudadera al lomo.
-No. A este lo ensillo yo. Andá nomás.

¿A dónde fue? A consultar al Gauchito Gil
¿A dónde fue? A consultar al Gauchito Gil

Sus manos curtidas fueron armando el recado, mientras hablaba a los visitantes sin mirarlos. Él encabezaría la columna sur, con su gente. Sergio debía entrar con la columna norte, por su historia. Máximo debería entrar por el oeste con los matanceros. Se merecían el gesto. A la sede del gobierno unitario entraría él solo. Lustkoff era suyo. Si lo esperaban para el acto de desagravio a Valle de plaza Las Heras, mejor. Pero si no, no se ofendía.
-A ese unitario lo voy a hacer escupir sangre-, dijo, blandiendo el puño cerrado a la altura del rostro. O le corto la melena, no sé.

Enredó su mano izquierda en las crines y montó de un salto. Generalmente estribaba, pero cuando estaba apurado no. Antes de perderse de vista, les dio las últimas instrucciones.
-Manden ya mismo una partida a Buquebus. Diez o quince hombres discretos. Los peces gordos van a querer salir por ahí. Y vigilen la embajada yanqui.
-¿Cuál? ¿La demócrata o la republicana?
-Pero boludos, a los gringos le faltan décadas para que alguno esté de nuestro lado. ¡Vigilen todas, carajo! ¡No demos ventaja!