La cuestión del puerto · Capítulo 27

Jueves 4 de noviembre del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar 

Capítulo 27

«Último tramo»

 

“Mi hijo Pedro, militante de la juventud, que empezó a militar a los 6 años, cuando ud. cayó y a mí me metieron presa, sacaba la correspondencia política de su madre y de John Cooke. Acaba de salir de la cárcel y me pide le envíe su más fuerte y emocionado abrazo y recuerdo. Mucho me gustaría [que él] pudiera ir a verlo. Es lo que me pide siempre. Todos nuestros compañeros por mi intermedio le hacemos llegar un especial y afectuoso saludo” Alicia Eguren, Carta a Perón

Alicia Eguren

Era infrecuente que algo perturbara el sueño del gobernador, acostumbrado a convivir con grandes tensiones durante tantos años, pero la escena reciente de las mujeres reunidas junto al río, arengadas por Mara, lo inquietó. Pensó el asunto un buen rato, lo diseccionó para comprenderlo, como era su costumbre. Lo que más lo sorprendía es que no había recibido ningún planteo ni reclamo de la rama femenina últimamente. Lo que tramaban, fuera lo que fuera, excedía un reclamo puntual o una mera reivindicación.

Apenas amaneció, el Doctor le convidó un mate y le anunció que reuniría a los hombres para que les diera un discurso. El Gobernador respondió que no, que mejor partir enseguida. Al Doctor lo sorprendió la respuesta, porque el recorrido del día era corto y sobraba tiempo. El gobernador guardó para sí la preocupación. Hasta no saber más, no pronunciaría ninguna palabra que pudiera irritar los ánimos de las mujeres.

Avanzarían otra vez por la autopista hasta Sarandí, de allí seguirían por Belgrano hasta la zona de los dos estadios. Montarían un último campamento allí, para ajustar los detalles finales y darle las órdenes definitivas a cada grupo. Una partida montaría guardia en las cercanías de los puentes Pueyrredón y Victorino de la Plaza. Sólo a último momento él definiría cuál de ellos cruzar.

El gobernador disimuló su inquietud, bromeó con los gauchos y al cabo de una hora o así, había logrado disipar esa nube de preocupación que lo acechaba. La bajada de Sarandí estaba -y cuál no-, plagada de recuerdos. De un lado, la enorme nave que había pertenecido a una cadena de hipermercados, cuando el estado no combatía los oligopolios ni las posiciones dominantes de mercado, ahora convertida en una feria de productores a consumidores, sin intermediarios. Del otro, el precario estadio del club del ascenso en el que habían lanzado la campaña legislativa del… del… Puta, pensó el Rusito. Tengo tantos años que ya se me empiezan a mezclar los recuerdos.

Siguieron montando al paso, acompañando la cadencia de los caballos con un ligero movimiento de cintura. Unos hombres del intendente Ferro lo guiaron en el último tramo. La gente a los costados se detenía a observarlos y vivarlos. Entraron, de a dos en fila, al pasaje Milito, atravesaron el portón de rejas del Cilindro “Juan Domingo Perón” y aparecieron pronto en el campo de juego. En el círculo central, habían montado el gazebo principal, su oficina. A su alrededor, más pequeños, los de sus lugartenientes. Desmontó y dejó que se llevaran su caballo. Le pidió a Ferro que lo acompañara. Quería tener una visión panorámica, pero sin drones, directa.

El gobernador y el intendente Ferro

Subieron a toda marcha, saltando de a dos peldaños, hasta la bandeja local superior, la que daba más cerca del otro estadio, cuyo nombre no podía recordar, el que había tardado años en terminarse, que había sido objeto de toda clase de estafas, malversaciones y burlas. Se decía que tenía severos defectos de construcción.

Una vez allí, observó todo a su alrededor. Comprendió que no era ese el punto más alto, sino el mástil. Avanzó hacia la platea, hacia el norte, con Ferro detrás. Llegó al mástil, flexionó las rodillas para impulsarse y, de un salto, avanzó el primer par de metros. Luego siguió trepando, aferrándose a la estructura con muslos y antebrazos.

Vio cómo los hombres se organizaban prolijamente en el campamento del Juan Domingo Perón y se sintió complacido. Por alguna razón, no ocurría lo mismo en el otro estadio. Hombres y caballos se aglomeraban en la entrada, sin decidirse a franquearla. No hay caso, pensó, tienen miedo que se les pegue la maldición, para la superchería, son mandados a hacer. Tendría que dar el ejemplo él mismo, cuando bajara.

Divisó también los dos puentes, que parecían estar en calma. En línea más o menos recta con el Victorino de la Plaza, sobresalía un edificio que doblaba en altura al resto. Supo enseguida que se trataba de la sede del gobierno unitario. Lo inquietaba pensar que pudieran estar observándolo. En doce horas, tal vez menos, pensó para darse ánimo, empezamos la demolición.

Ya comenzaba su descenso controlado cuando algo lo impulsó a detenerse. Percibió primero movimiento, luego ruido y gritos, aunque no comprendía lo que decían. Una mancha verde se extendía en todas las direcciones, penetraba en el campo de juego del Juan Domingo Perón y copaba también el círculo central. Las mujeres, comprendió, conducidas por Mara, le habían tomado la oficina de campaña. Tenía que bajar a parlamentar.

Intendente Ferro