La cuestión del puerto · Capítulo 29

Sábado 6 de octubre del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar 

Capítulo 29

«La Madre de todas las Marchas»

“Ha llegado la hora de la mujer argentina, integramente mujer en el goce paralelo de deberes y derechos comunes a todo ser humano que trabaja, y ha muerto la hora de la mujer compañera ocasional y colaboradora ínfima. Ha llegado, en síntesis, la hora de la mujer argentina redimida del tutelaje social, y ha muerto la hora de la mujer relegada a la más precaria tangencia con el verdadero mundo dinámico de la vida moderna”

Eva Duarte

Un auto eléctrico de la columna norte, que se dirigía al puesto de observación de Puente Saavedra, los trajo de vuelta a Florida Oeste. La excitación que sentían los patriotas empardaba el cansancio acumulado durante las últimas jornadas. Compartían, como Rizzone, como el chofer del auto, un estado especial, mezcla de alegría e inquietud, como cuando tu equipo va ganando, pero todavía falta mucho y, técnicamente, puede pasar cualquier cosa.

Osvaldo abrió la puerta de su casa con la huella del pulgar y entró. Sus pasos retumbaron en un living vacío y en penumbras. Hacía varios días que no hablaba con Ana, que no tenían un rato a solas. La imaginó, ajena a la agitación de estas horas, recorriendo en su bicimoto eléctrica los CeSA y las huertas, tomando muestras de suelo, dando talleres de manejo de cultivos o enseñando a combinar vegetales. También pensó en sus hijas, que habían vivido la mayor parte de su vida en una Argentina que terminaba en la General Paz. El mapa estaba por dibujarse nuevamente. Una nota pegada sobre la heladera lo sacó de sus reflexiones.
“¿Nos vemos allá en la plaza? ¿O antes?”

Entonces, ¿Ana sabía? ¿Quién más? ¿Y el supuesto secreto de estado? ¿Era eso lo que callaban las mujeres de la familia en su presencia? ¿Habían jugado al poker con él este último tiempo? ¿Guardaría relación con la preocupación de Rizzone, “ninguna mina me atiende el teléfono”?

Las pocas esperanzas que tenía de dormir la siesta se evaporaron repentinamente. De todas formas, se sentó en la cama. Meditar también lo descansaba. Permaneció así, quieto, un par de minutos. Su teléfono vibró y la pantalla se iluminó. Mensaje de Rizzone. “No hace falta que vuelvan a Suárez. Esperen el paso de la columna con su gente y ahí se suman. Uds. dos vengan adelante conmigo. Se lo ganaron”.

Intentó retomar la meditación. Ni eso le salía. Se pegó una ducha. Sintió hambre. Se sabía las máximas de los CeSA memoria: al hambre entre comidas se lo atacaba con una pera, media palta o un puñado de nueces. Pero era un día histórico, especial.

Fue hasta el fondo, hasta el canuto. De entre los bidones de nafta, sacó una lata redonda. Le pasó un trapo. A medida que el polvo se retiraba, dejaba paso a las letras, que iban formando el nombre Esnaola. Ni Ana sabía de ese dulce de membrillo. Cortó una porción generosa, que enseguida hermanó con otra igual de queso Mar del Plata.

Se sirvió un vaso de pinot noir patagónico, la primera botella que encontró, y se sentó sobre una piedra del jardín a disfrutar su festín. Por primera vez en varios días, pudo concentrarse en una cosa, sin que su mente saltara como loca, a planificar el futuro o evocar el pasado.

Salió con la moto a recorrer. Quería ver si había movimiento en las unidades básicas de la zona, si la inminencia de la marcha electrizaba el aire, si la atmósfera se cargaba con la adrenalina de los preparativos, o por ahora todo ocurría exclusivamente en su cabeza. Salió muy lentamente, para darle al motor tiempo de calentarse y para no alterar el silencio de la tarde.

Lo que vio, lejos de defraudarlo, lo puso más manija. Lo retotrajo a las imágenes de los años setenta del siglo pasado, cuando la llegada de Perón despues del exilio; una potencia creadora inédita, un pueblo levantado en armas para liberar definitivamente a la Patria. Cada local era un pequeño hormiguero de gente que entraba y salía, cargaba banderas y bombos en vehículos, conversaba en círculos o hablaba por teléfono. Avanzó a paso de hombre, tratando de descifrar los rostros. En todos, sin excepción, encontró la ansiedad por entrar en acción y el tedio por el lento, casi imperceptible, paso de las horas muertas que la anteceden.

De a poco comenzaron a avanzar, cada grupo hacia el punto de encuentro prefijado por su organización. Desde ahí, seguían camino hacia Maipú, donde se sumarían a la columna principal. Osvaldo hubiera querido tener un dron, más que una moto. Intuía que la vista aérea de ese movimiento era la metáfora perfecta de unas cuantas cosas.

El sol fue cayendo y decidió que era hora de buscarlo al Negro. En el camino, se cruzó con varias banderas, las más celestes y blancas, alguna que otra roja y negra. “17 de octubre”, “17 de noviembre”, “26 de julio”, “27 de octubre”, “Lealtad”, “Tres banderas”.

El Negro lo esperaba en la vereda. Ese único detalle resultaba disonante, respecto de su habitual aplomo y serenidad. Se miraron y se subió a la moto sin decir palabra. Entre ellos, estaba todo dicho. Osvaldo esta vez aceleró un poco. Por nada del mundo quería llegar más tarde que la columna norte.
Pensó que, si se sumaba a la cabeza como les había ofrecido Rizzone -un honor imposible de rechazar-, no podría apreciar la cantidad de gente que la conformaba. Recordó que la marcha se había iniciado a la vera de la ruta seis, en cada confín de la región, Zárate en el norte, Luján en el oeste y La Plata en el sur.

Ataron la moto y se acercaron a la avenida. Cada pocos metros había un grupo de gente, prolijamente formado, a la espera de la columna. El Negro se arrodilló y apoyó una oreja en el asfalto. Osvaldo lo miró, sorprendido. El Negro levantó la cabeza, sonriente.
-Están a un kilómetro. O menos.

La predicción del Negro fue acertada. Una primera fila de dirigentes, entre ellos distinguieron a Rizzone, avanzaba en medio de un modesto operativo de seguridad. Las figuras se fueron haciendo más grandes hasta que finalmente estuvieron casi a la par. Rizzone los vio, los llamó con una seña y el dispositivo se abrió para darles paso. Osvaldo sintió unas palmadas en la espalda. Era el francófilo, exultante. A su lado, Peredo mantenía su habitual seriedad.
-Ya se va a relajar-, dijo el Francófilo, cómplice.

Osvaldo buscó el hueco para caminar junto a Rizzone.
-Che, Rizzone, no veo una mina. ¿Dónde están?
-Es lo que todos nos preguntamos. En todo el día ni una me respondió el teléfono.
-A mi Ana me dejó una nota: “nos vemos en la plaza”. Todo muy críptico
-Por ahora la orden es hacernos los boludos y seguir avanzando.

Al reunir la información, Rizzone y Osvaldo esbozaron una hipótesis. No era casualidad, no era problema de antenas telefónicas ni una sumatoria de planteos personales. La ausencia femenina tenía carácter político.

Cuando llegaron a la zona de frontera de Puente Saavedra, ya era noche cerrada. Acamparían ahí y cruzarían la General Paz con la primera luz del día. Había compañeros de organización, apostados, para indicarle a cada banda cuál era su área de acampe. La iluminación eléctrica había sido cortada y la única luz provenía de las antorchas que delineaban el perímetro y de las linternas de minero que portaban los compañeros más previsores. Las bandas armaban círculos, montaban carpas o desplegaban bolsas de dormir con diligencia y celeridad. El Negro admiró el nivel de organización que habían alcanzado en los últimos años.

Junto con Rizzone, el Negro y Osvaldo recorrieron el sector de parrillas. Una línea interminable de elásticos de cama, bajo los cuales muchachos diestros en el manejo de la pala esparcían brasas rojas, para luego depositar encima los chorizos. Cada movimiento era sincronizado, a un único tiempo, por un responsable, que observaba la maniobra parado sobre unos cajones de cerveza.
-Espero que lo estén filmando. El asado más grande del mundo. Merece un documental-, dijo Rizzone en voz baja.

Un rumor los distrajo de su conversación. Hicieron silencio para escuchar mejor. Era un canto, pero no venía del propio campamento sino de más lejos.
-A pesar de las bombas, de los fusilamientos…

El canto era tan pegadizo que el campamento se sumó a voz en cuello como si fuera un solo hombre. Finalmente apareció otra columna, tan grande y populosa como la que se había apostado alrededor de la General Paz. A pesar de la semipenumbra, se distinguía claramente el verde como color predominante. Las mujeres.

Pasaron de largo el campamento, sin detenerse, casi sin mirar, cruzaron los pasos de aduana y migraciones y se adentraron en la ciudad pantano, sin dejar de cantar “somos les herederes de Perón y de Evita”.

Se produjo en el campamento un momento de tensión y duda. Los compañeros, primero tímidamente, luego de forma masiva, abandonaron el campamento y siguieron a la columna femenina en su incursión. Alguien acababa de modificar drásticamente la planificación de la conducción superior. El Negro, Osvaldo y Rizzone se sumaron también, sin dudarlo.

Cuando no quedó nadie del lado de Maipú, sonaron una serie de estallidos encadenados. La General Paz implosionó, primero un tramo, luego otro y otro, sus escombros quedaron ahí, casi en el mismo lugar, prolijamente apilados. Los patriotas giraron sobre sus pies para contemplar el espectáculo: el símbolo del centralismo, del desprecio y la tilinguería, definitivamente destruido.
-¿Qué pasó?-, preguntó la multitud con voz de mujer.
-No nos han vencido-, respondieron abrazados, el Negro, Rizzone y Osvaldo.