Treinta años demoliendo armarios

Martes 9 de noviembre del 2021

Escribe: Ángela Lihué Castillo

Buenos Aires se volvió a teñir de colores y banderas. Las calles de la ciudad porteña se convirtieron en pista de baile, en escenario de reclamos y celebración. Como hace ya 30 años, la Marcha del Orgullo LGBT+ movilizó a miles de personas que transformaron el centro de la ciudad en territorio propio nuevamente, unidos en un grito mudo de visibilidad.
El retorno a las movilizaciones tras las olas de Covid-19 se podía palpar en el aire. En 2020 no se había convocado a marchar, la emoción era mucha.

Foto: Télam.

Históricamente, la Marcha del Orgullo representa un encuentro para la comunidad LGBTIQA+, un espacio de libertad compartida. Si bien el 28 de junio de 1992 se celebró la primera Marcha del Orgullo en Buenos Aires, fecha elegida en conmemoración a la Revuelta de Stonewall, a partir de 1997 se empezó a celebrar el primer fin de semana de noviembre. La nueva fecha se eligió por dos motivos: para recordar la creación de la primera fundación LGBTIQA+ de Argentina y Latinoamérica, «Nuestro Mundo», y para evitar el frío invernal de junio, procurando así cuidar la salud de quienes vivían con VIH. En está decisión se contraponen dos características muy claras en la lucha del colectivo: el encuentro entre el festejo, la conmemoración, la memoria y el homenaje, y a su vez, la amarga realidad de esta sociedad. El frío del invierno resultaba una amenaza para quienes eran positivos de VIH, que todavía hoy siguen reclamando por una vida más digna.

Las consignas y reclamos de la movilización por el orgullo fueron mutando a lo largo de los años. En 1992 el lema fue: «Libertad, Igualdad, Diversidad», tres palabras que engloban los reclamos que se hicieron en los años siguientes. Y está oportunidad no fue la excepción. La multitudinaria marcha de este año reclamó la Ley Integral Trans, la separación de la Iglesia del Estado, una Nueva Ley Antidiscriminatoria, entre otros eslogans que insisten por los derechos de la comunidad. Sin embargo, estas no es lo único que se escuchó al marchar. Es mucha la gente que asiste sin una organización política o partidaria, autoconvocados con el fin de celebrar y acompañar. En las calles, la consigna que más se replicó en carteles, remeras e incluso en los propios cuerpos escritos con marcadores o pintura, fue el pedido de aparición de Tehuel de la Torre, un joven trans de 21 años que desapareció tras ir a una entrevista laboral.

Foto: Télam.

Esto es quizás lo que más distingue a las Marchas del Orgullo de cualquier otra movilización. Si bien el encuentro es de celebración, camiones con música pop, electrónica y cachengue a lo largo de las avenidas del centro porteño, brillos, personas dragueadas y banderas, tras toda esa alegría se encuentra el hartazgo, un grito de bronca por uno mismo pero también por todos, todas y todes les de al lado. Carlos Jáuregui, uno de los referentes históricos de la comunidad LGBTIQA+ en Argentina, dijo: «En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política». En una sociedad dónde la expectativa de vida de las personas trans es de 35 años, reclamar desde la celebración y visibilización de sus identidades, es una respuesta política, de la misma forma que lo es el camión de las y los trabajadores sexuales que exigieron derechos laborales, o la comunidad de personas que viven con VIH, que reclamaron por una Ley Integral de respuestas al VIH, hepatitis virales, ETS y tuberculosis.

Foto: Charly Diaz Azcue, Comunicación Senado.

En este sentido, los motivos por los que en Argentina marchamos en noviembre y no en junio siguen muy vigentes. Las personas que viven con VIH siguen teniendo que reclamar por leyes que garanticen una vida más digna, y la consigna “Libertad, Igualdad y Diversidad” sigue presente en los reclamos de hoy día. El documento oficial de la Marcha hace un repaso y celebra las conquistas recientes: la modificación de nuevos DNI y CUIL que contemplan a las identidades no binarias, la Ley de Cupo e Inclusión Laboral Travesti Trans “Diana Sacayán – Lohana Berkins”, la legalización del aborto seguro y gratuito, y la creación del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad en algunos sectores gubernamentales a lo largo del país, como en la provincia de Buenos Aires. También hace hincapié en otras victorias que siguen dando sus frutos hoy día: las niñeces que crecieron en familias diversas y hoy con orgullo lo hacen parte de su identidad, van de la mano de las generaciones que crecieron en un país con Ley de Identidad de Género y Ley de Matrimonio Igualitario. Está juventud es de vital importancia ya que son quienes seguirán levantando las banderas de la diversidad y los derechos LGBTIQA+. Sin embargo, aunque no es de menor importancia todo lo logrado desde la primera movilización en 1992 hasta ahora, el documento también resalta todo lo que falta por recorrer. Y este es el sabor agridulce de la marcha, es fiesta pero también es memoria de todos, todas y todes les que ya no están, que fueron privados de vivir una vida como la que merece cualquier persona. Y es en vista de esa memoria que se reclama: para que nunca más alguien tenga que atravesar la violencia y discriminación, la falta de salud, educación y trabajo, la represión policial, el odio institucionalizado. Como dijo Lohana Berkins, activista travesti de nuestro país, “el amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo”.