Con este fulgor, mañana es mejor

Miércoles 16 de marzo del 2022

Escriben: Nuria Giniger (*) y Rodolfo Kempf (**)

La naturaleza es un campo de disputa

 Ensayo en 7 entregas

Después de recorrer las principales -aunque no las únicas- corrientes políticas y teóricas que abordan la relación entre desarrollo y ambiente, llegamos al final de nuestro Ensayo en Siete Entregas. Tal vez se hayan percatado, querides lectores, que quisimos hacer un pequeño homenaje al Amauta, José Carlos Mariátegui, mezclando el siete y el ensayo. La realidad es que en nuestro humilde homenaje no intentamos más que inspirarnos en el espíritu crítico del Amauta, pero sobre todo en su perspectiva revolucionaria. Hay muchas versiones de Mariátegui, e incluso las hay ecológicas. Pero muchas de ellas lo despojan de su -para nosotros- corazón: un camino revolucionario y comunista para Nuestra América. Mariátegui pone énfasis en explicar que la propiedad latifundista y monopólica es la fuente de la pobreza y el subdesarrollo en el Perú y pone la pasión por la propiedad colectiva enraizada en la historia que se convertirá en futuro. Con esta inspiración, hagamos un repaso de lo que vimos en las entregas anteriores y empecemos a encontrar síntesis.

José Carlos Mariátegui.

Último episodio: Con este fulgor, mañana es mejor

En las anteriores entregas pudimos abordar algunas nociones generales de por dónde circula el debate ambiental hoy en día, así como algunos de sus orígenes. Si repasamos, nos vamos a encontrar con que en primer lugar, el proceso de derrota y derrumbe de la utopía socialista y revolucionaria, en las últimas tres décadas del siglo pasado, desplazaron la lucha y los problemas sociales hacia otros sitios. Uno de ellos es el ecológico o mejor dicho, la contaminación ambiental y el cambio climático. Este traslado hacia nuevos núcleos de disputa, encontró al movimiento popular sin teoría sobre el sujeto de la transformación: ¿Quién es el responsable del cambio climático?, ¿quién debe poner un coto a las emisiones de CO2?, ¿cómo? Estas preguntas quedaron la mayor de las veces sin respuesta. Frente a ese vacío, fueron llenándose de soluciones mágicas o meras descripciones catastrofistas de la realidad, que empujan hacia un camino de impotencia.

Una de esas respuestas mágicas, emerge de la Cumbre de Rio, en 1992. Se sistematiza la idea de que es la humanidad la que contamina. Parece un problema de la especie: como humanos no sabemos vivir en este mundo, todo lo que tocamos lo destruimos, somos despóticos con el resto de los seres vivos. Este manto moral sobre la humanidad casi no deja espacio más que para el castigo. Sin ir más lejos, aparece el “castigo divino”: el Papa Francisco en Laudato Si, despliega un llamado urgente al cuidado de nuestra “casa común”, a asumir como especie la responsabilidad planetaria. En esta encíclica, Francisco da continuidad a los postulados de San Francisco de Asís, para configurar una ecología de protección a los más débiles, que denomina ecología integral. Es una proclama critica al neoliberalismo (“tecnocracia”, “rentabilidad financiera”) en la cual exhorta a que los países desarrollados apoyen a los “países más necesitados” con recursos de desarrollo sostenible. Esta ecología integral propone que la respuesta a la crisis social y a la ambiental es la misma. En la encíclica, el Papa incorpora elementos tanto de la ecología política, como del ecocapitalismo.

Papa Francisco

Con la idea de antropoceno, también se sistematiza una respuesta propia de la historia del capitalismo y su capacidad de resurgir de las crisis, saliendo hacia delante con nuevos y prósperos negocios: el ecocapitalismo. Aparece la economía verde como modo de mercantilizar el ambiente y convertir en objeto de intercambio todo aquello que sea o parezca un paliativo a la contaminación. La ONU, el Banco Mundial y otras instituciones globales se ponen en marcha para consolidar un discurso explicativo de las virtudes del desarrollo sustentable, basado en las tecnologías verdes y en la transición energética hacia fuentes “limpias”.

En esta misma dirección, luego de décadas de convertir a lo nuclear en el cuco, hoy es considerada una inversión verde. La combinación complementaria de energía nuclear con energías renovables es la convergencia del capitalismo verde, que se encuentra con problemas de postpandemia para resolver la provisión energética en los países europeos: primero se ralentizó el comerció internacional por las restricciones de circulación de personas en el aislamiento pandémico; y hoy la guerra plantea un escenario de restricciones en la exportación de energía de oriente a occidente. La energía nuclear se convierte así en lo que efectivamente es, una fuente energética con muy poca emisión de gases de efecto invernadero en la totalidad de su ciclo de combustible. Y en un negocio rentable.

Energía nuclear, la «nueva» energía verde

Pero no solo de iniciativas comerciales vive el debate ecológico. Además, como abordamos desde la cuarta entrega, existe una sucesión de discusiones políticas y teóricas alrededor de una idea: el decrecimiento.

Si el capitalismo es crecimiento -verde o del color que sea- y contamina, de lo que se trata es de decrecer. La versión más jodida de este enfoque es la propuesta neomalthusiana porque los recursos son finitos. Para los países centrales, el decrecimiento es el camino. Para los países subdesarrollados… sobra gente. Algunas de las derivas de esto vienen también con propuestas conservacionistas e intocables sobre ambiente.

Pero el decrecentismo tiene otras vertientes, por suerte más complejas. La del ecodesarrollo, que propone estilos de desarrollo diferenciados según cada región; la de la autolimitación individual del consumo; la de la economía del hidrógeno (hidro sin carbono); la del ecofeminismo que propone una economía de subsistencia y una vida comunitaria alrededor de la agroecología; la del decrecimiento en el Norte Global y la consecuente descolonización del Sur Global.

Tanto las versiones del desarrollo ecocapitalista, como las del decrecimiento, se conjugan, se mezclan, se separan en versiones telúricas: el anti-extractivismo. En Latinoamérica, se instaló la idea de que el extractivismo es el nombre que adquieren una variedad de fenómenos depredatorios y destructores de la naturaleza. Bajo esta misma categoría, se explican la contaminación ambiental, la exportación depredatoria de materias primas, la violencia y la pobreza. La respuesta es también imprecisa y ecléctica, tomando recursos de las distintas variantes del ecocapitalismo (por ejemplo, el Green New Deal) y del decrecentismo (agroecología, descolonización por decrecimiento, anti-desarrollo, etc.).

Para nuestra región, y particularmente en nuestro país, aparece otra corriente -el desarrollismo- que discute con el anti-extractivismo. La necesidad de salir del subdesarrollo se orienta bajo la premisa de que la exportación de materias primas es la base del ingreso de divisas que permitirá un camino de desarrollo. Ese camino de desarrollo, en términos ambientales, encuentra bastante poco más que la lógica de la economía verde. Uno de los debates claves en este aspecto son las compras “llave en mano” de tecnología. En la tercera entrega contamos cómo en el incidente de Fukushima, al no abrir el “paquete tecnológico” -es decir, no desagregar, ni producir aprendizajes, sino aplicar tal cual como viene-, el equipo diesel que debía funcionar de emergencia estaba en el sótano (en lugar de la terraza) y se inundó.

Este es un ejemplo en extremo dramático, pero la compra de tecnología en el exterior en cualquier caso debe poder implicar un proceso de apertura y aprendizajes, que luego nos permita salir con recursos propios de la dependencia tecnológica. ¿Quién hace esto?, ¿cómo se hace?

Como decíamos al comienzo, en el debate desarrollo-ambiente hay un problema con el sujeto. En las distintas vertientes del ecocapitalismo, existe un sujeto concreto de resolución del conflicto ambiental: las empresas. La utopía ecocapitalista dice que las empresas son las que deben reconvertir sus negocios hacia tecnologías “amigables” con el ambiente, menos contaminantes. Qué tecnología se desarrolla, cuál no, cuál se compra “llave en mano”, dónde se emplaza esa tecnología, qué se hace con la ganancia por la venta de bienes o servicios producidos por trabajadores con esa tecnología, cuál es el volumen y la escala de producción, todo eso y más, son las empresas quienes lo deciden. Y que los Estados ayuden: faciliten el marco jurídico y financiero de las inversiones, usen el monopolio de la fuerza para desplazar a quienes se quejan y rindan cuentas de que hay en marcha un proceso de transformación verde de lo que consumimos. Verde que te quiero verde.

Aunque esta utopía ecocapitalista se encuentra con una realidad bastante más compleja, su interés reside en poder decidir las inversiones de forma libre pero “respetuosas del ambiente”.

Por otro lado, uno de los problemas centrales del tratamiento popular de la cuestión ambiental es la ausencia de sujeto. Son las “comunidades” las que se enfrentan al desplazamiento territorial -por exigencia de pooles exportadores de cereales, emplazamiento de represas o de emprendimientos hidrocarburíferos o mineros-, en lugares sin gas natural ni cloacas, en incluso sin agua potable. La discusión sobre la propiedad y uso de la tierra, la mayoría de las veces no está asociada a un proyecto de bienestar, sino al “extractivismo”. La ausencia de futuro en regiones rurales o alejadas de los grandes centros urbanos es una constante, pero las respuestas no implican proyectos de desarrollo que permitan vivir bien, disfrutar de una vida en similares condiciones que en los lugares con pleno acceso a servicios. E incluso, los debates sobre la contaminación del agua o sobre el uso de energías “sucias”, parecen haber olvidado la lucha contra las privatizaciones.

La conservación del territorio también sostiene inmutable la mercantilización del agua, de la energía, de la infraestructura mínima de caminos y cloacas. Y por lo tanto sostiene a esas “comunidades” sin acceso a servicios básicos.

El camino Mañanas Campestres, con agricultura familiar o agroecología, niega la historia de las luchas de mapadres, abueles y bisabueles por conquistar la estatización de los recursos soberanos y de los derechos laborales. Son caminos que niegan que todo aquello que consumimos está producido por trabajadores, con una larga historia detrás.

La negación de la industria por contaminante es la negación de los antibióticos, de internet, de la vacuna contra el covid-19, de la potabilización del agua, de la luz eléctrica, de la reproducción de música grabada para un cumple de 15. Perder de vista quiénes somos y contra qué peleamos tiene consecuencias muy serias.

Por suerte, hay que decirlo, existe la lucha de clases. Ni el capitalismo de traje verde invierte y obtiene ganancias en una cámara anecoica (sin sonido), ni mañanas campestres suena en los oídos de todes. Vivimos en un país en el cual les trabajadores hacen un esfuerzo sostenido por no negar su historia y se sindicalizan, forman organizaciones culturales, sociales, de fomento y la política es un lenguaje común.

Litio.

Este ensayo lo comenzamos hablando del litio. Ese mineral tan preciado para almacenamiento energético y otras tecnologías importantes (y rentables) se ubica en algunas regiones del planeta. La más importante en salmueras está el triángulo compartido entre Argentina, Chile y Bolivia.

Este territorio es el mismo por el cual anduvo el Che Guevara con su motocicleta y en sus últimos días, antes de ser asesinado por la CIA y el ejército boliviano. Y en mismo nacimiento de los debates ambientales, el Che daba uno de sus memorables discursos, en Argel, en 1965. Ahí plantea cuatro cuestiones: 1) la necesidad de la alianza de los pueblos subdesarrollados y de los países socialistas ”contra el enemigo común: el imperialismo; 2) que en esta alianza los términos de intercambio comercial y financiero no estén regidos por la ley del valor, por las reglas del juego capitalista, sino que acompañen fraternalmente a los países subdesarrollados en su camino de desarrollo; 3) que las fuerzas populares de los países subdesarrollados deben construir una sociedad nueva; 4) que el desarrollo debe planificarse.

Cuarenta años después del asesinato del Che en Bolivia, la organización sostenida y la lucha incansable del pueblo boliviano permitió el ascenso de Evo Morales. Evo nacionalizó el litio, pero además se creó Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB), para negociar desde una posición de fortaleza con los monopolios, para tener el control sobre el litio. Pero también y fundamentalmente, poder decidir democrática y soberanamente qué se hace con el litio que se extrae: cuánto se exporta y cuánto queda, para habilitar un proceso de industrialización en el territorio; qué se hace con esa producción, cómo se avanza en desarrollos locales, cómo participan las organizaciones del territorio donde está el litio en estas decisiones, cómo desarrollar una tecnología adecuada -y no llave en mano- que sirva a los fines definidos. Todo ello intencionalmente interrumpido por el golpe de estado de 2019.

Evo Morales

La recuperación de la democracia en Bolivia por parte del MAS, la victoria del Frente de Todos en Argentina y la reciente de Apruebo Dignidad en Chile representan una oportunidad de comprender que los problemas ambientales no se resuelven con mayor subordinación a las inversiones verdes, ni con el conservacionismo agroecológico en comunidades que no tienen acceso a cloacas. El problema ambiental no es un problema de “tecnologías”, sino de poder.

La lucha por la propiedad pública del suelo y del conjunto de los bienes comunes, la disputa por la planificación democrática centralizada y la perspectiva del desarrollo en términos socialistas (es decir, sin privilegios ni desigualdades), inclinan el campo de batalla de la naturaleza a favor de los pueblos. Con este fulgor, mañana es mejor.

(*) Antropóloga. Investigadora del CONICET

(**) Físico. Investigador de CNEA