EL BOMBARDEO A PLAZA DE MAYO

Jueves 16 de junio del 2022

Escribe: Agustín Ortiz

Imagen de portada: Daniel Santoro

Se cumplen 67 años de uno de los atentados más crueles de la historia argentina. En horas de la mañana, aviones de la marina bombardearon cobardemente la Plaza de Mayo, dejando un saldo de más de 300 muertos, entre ellos niños de una escuela que iban de excursión. Se trata no solo de un acto de cobardía sino de traición a la patria: territorio argentino siendo bombardeado por su propio ejército.

El ataque sobre la Casa Rosada.

Aquella mañana no se salvaron ni las palomas mientras que los asesinos remontaron el Río de la Plata para huir a Montevideo. Los aviones que sobrevolaron el centro porteño con insignias de Cristo Vence bombardearon la sede de la CGT ubicada en 9 de julio y avenida Belgrano y luego la Plaza de Mayo, disparando contra la Casa Rosada y el Ministerio de Hacienda. En este último edificio de la avenida Paseo Colón, detrás de la casa de gobierno mano al sur, las cicatrices del bombardeo pueden apreciarse en su fachada hasta el día de hoy.

Las balas de metralleta sobre el Ministerio de Hacienda. Imagen: Archivo de la Memoria.

En las horas posteriores al ataque, la Marina no tuvo ningún pudor en adjudicarse el ataque y las radios afines hablaban de actos de justicia y de una posible muerte del <<tirano>>. La gesta golpista no prosperó pero dió un aviso.

Tres meses más tarde, el 16 de septiembre de 1955, la Revolución Libertadora, llevada a cabo por el ala liberal del ejército, dio un nuevo golpe de Estado. Por sus características represivas, popularmente fue más conocida como La Fusiladora.

La dictadura cívico militar que comenzaron Eduardo Lonardi, Pedro Aramburu y el almirante Isaac Rojas con apoyo de la Iglesia Católica, el poder económico y los partidos políticos nucleados en la Unión Democrática, se basó en un fuerte anticomunismo, pero sobre todas las cosas, de un feroz antiperonismo. Proscribieron al Partido Peronista de la escena política, persiguieron a sus militantes, enviando al exilio a Juan Domingo Perón. El propósito de la dictadura militar era borrar todo vestigio de identidad peronista, no solo prohibir su participación política: prohibió cantar la marcha peronista, impidió pronunciar los nombres de Perón y Eva, se cambió la denominación de todos los hospitales, barrios o calles que llevasen sus nombres, se incendiaron libros como así también imágenes del líder proscripto. Por ejemplo, Ciudad Evita pasó a llamarse Ciudad General Belgrano. Estos hechos comenzaron la etapa de la Resistencia Peronista, basados en una acción directa desde la clandestinidad.

El politólogo Eugenio Kvaternik desarrolla en su libro Crisis sin salvataje: La crisis político militar 1962-1963 (1994), que en las épocas posteriores a 1955, las fuerzas armadas funcionaban como un poder neutral por excelencia que entraban en juego a medida que el poder de turno se acercara al peronismo. Así se explica la razón por la que destituyeron de la presidencia a Arturo Frondizi tras el pacto con Perón. Por razones obvias, la proscripción del peronismo que impusieron los militares significó un hecho de tal magnitud que ni siquiera permitiendo el retorno a una democracia, que en esas condiciones se encontraba semi restringida, se podía tolerar un acercamiento a los sectores justicialistas, por mínimo que fuere. A su vez, el recordado polítologo Guillermo O’donell, en su libro Modernización y autoritarismo (1972), aplica la teoría de los juegos para explicar dichos métodos. El juego se desarrolla con participantes, posiciones (peronista – antiperonista), capitales e intereses en disputa y distintas reglas, entre las que se prohíbe al peronismo y el partido que asuma la presidencia si no las cumple será derrocado por un árbitro: las Fuerzas Armadas. Además plantea la existencia de un “modo prohibido”, el partido más popular que tiene prohibido participar del juego, pero si obtiene su apoyo aumentan las chances de ganar. Cumplir las promesas realizadas a este partido para obtener la presidencia implica violar las normas (modo peronista), por lo tanto será derrocado. De esta manera se explica la consecución de golpes militares entre 1955 y 1976.

«Con los huesos de Aramburu…»

El 29 de mayo de 1970, en el primer aniversario del Cordobazo, la organización armada Montoneros secuestró al general Pedro Eugenio Aramburu, uno de los artífices del golpe de Estado a Perón. Al tercer día de su secuestro, Montoneros anunciaba el asesinato del genocida como condena popular a las masacres perpetradas por la Fusiladora, el bombardeo a Plaza de Mayo, los fusilamientos de José León Suárez y del General Valle. El autor material del asesinato fue Fernando Abal Medina y en el secuestro también participaron Norma Arrostito y Mario Firmenich.

Montoneros comunica la ejecución de Aramburu.

«El general decía que si no atacábamos desde todos los frentes posibles al régimen nos iba a mantener afuera, con una persecución de la cual Aramburu era una figura emblemática. En aquella época no se había vivido aún el genocidio, pero Aramburu no fue mejor que Videla. No hubo campos de concentración pero hubieron bombardeos en una plaza llena de gente, hubieron fusilamientos de civiles porque sí. Esto no justifica el crimen. Pero existía un contexto político donde el peronismo se sentía jaqueado», decía sobre el crimen Juan Manuel Abal Medina (padre), ex secretario general de Perón y hermano de Fernando, en una entrevista a Página/12.

La historiografía oficial ha intentado ocultar estas atrocidades cometidas por el antiperonismo y no es un hecho menor que cuando se habla del atentado terrorista más grande de la historia argentina se hable de la AMIA y se ignore lo ocurrido el 16 de junio de 1955 con 308 víctimas fatales. En la cultura popular, el artista Daniel Santoro ha retratado en una pintura el infame bombardeo, una suerte de emulación del Guernica de Picasso que recuerda el bombardeo nazi a la ciudad vasca en la guerra civil española.