TRABAJADORES Y CAPITALISTAS

Domingo 28 de agosto del 2022

Escribe: Enrique Arias Gibert

Ilustra: Valeria Ranvier

Segunda entrega del ensayo donde Enrique Arias Gibert se pregunta: ¿De qué manera los cambios en las estrategias capitalistas de explotación y dominación se manifiestan en los comportamientos y orientaciones políticas de los trabajadores? Un trabajo aun en proceso de escritura, que tiene su primera parte en LO QUE LATE EN EL CAPITAL.

Trabajadores y Capitalistas

Para poder responder la pregunta del título debemos primero tratar de responder a la pregunta qué se entiende por trabajador y qué se entiende por capitalista. Como he analizado precedentemente, ningún rasgo en particular ni ninguna figura prototípica constituye la “esencia” de los sujetos. No existen los rasgos inmutables en las figuras, sino posiciones sociales que se mantienen como constantes con la existencia misma del capitalismo.

Los términos trabajador y empleador aparecen como términos de relaciones, como nudo de significaciones que, lejos de aparejar un contenido sustancial, están determinados por una localización en una determinada topología social. La posición de los trabajadores como clase sólo puede interpretarse en el marco de las condiciones de reproducción propias del modo de producción capitalista.

Por otra parte, las figuras del trabajador y del empleador en la relación laboral no pueden interpretarse sino en la estructura de la empresa.

Esto implica la imposibilidad de considerar aisladamente al empleador o al trabajador sino en el marco de la estructura empresarial o la burguesía y el proletariado fuera de las relaciones capitalistas de producción y reproducción. Las posiciones que sostienen la posibilidad de determinar a un sujeto (es decir, un nudo de significaciones) como trabajador o empleador, como proletario o burgués con abstracción de la empresa y del capital cae, sin querer, en el sustancialismo del sujeto (1).

Es la estructura (de la sociedad o de la empresa) la que determina las relaciones (de subsunción o de dependencia) que, a su vez interpelan al sujeto en cuanto tal (burguesía o proletariado, empleador o trabajador).

El trabajador o el proletariado carece de consistencia ontológica, tal como lo recoge La internacional: “Nous ne sommes rien, soyons tout!” o, en la versión española, “los nada de hoy todo han de ser”.

Como muestra García Linera (2021:116):

La autoconstrucción de la clase obrera es simultáneamente el proceso de autodisolución de la propia clase, pues la clase obrera existe únicamente como clase dominada, extorsionada y desunificada. La unificación entre obreros a escala general, la rebelión contra la explotación y la insumisión a las relaciones de dominio que caracterizan a la autoafirmación del obrero es, simultáneamente, la negación de su ser dominado; esto es, de su ser obrero para el capital. Es por eso que Marx afirma que la clase obrera sólo puede liberarse aboliendo la propia estructuración de la sociedad en clases (‘Todo modo de explotación existente hasta nuestros días’). Pero la negación proletaria de su ser obrero para el capital es afirmación positiva del ser comunitario negada por el capital. El proletariado niega en el proceso revolucionario una negación, y así produce positivamente su autodeterminación.

Del mismo modo que no se puede entender la economía política hechizados por el fetichismo de la mercancía y sus arabescos teológicos, tampoco se puede entender la sociedad y el derecho político bajo el hechizo de las formas jurídicas. Menos aún pretender hacer teoría marxista.

Ilustra: Valeria Ranvier.

En primer término, debe tenerse en cuenta que para ser empleador no es necesario ser propietario de nada. Basta con el control social legítimo respecto de los medios de producción aptos para el fin de la empresa. A tales fines resulta indiferente que respecto de ellos el empleador sea propietario, locador o tenedor. Lo que importa es el control social sobre los medios. En este sentido, curiosamente, el artículo 5 de la ley de Contrato de Trabajo argentina resulta más consecuentemente marxista que las teorías supuestamente “ortodoxas”: “Art. 5° — Empresa-Empresario. A los fines de esta ley, se entiende como ‘empresa’ la organización instrumental de medios personales, materiales e inmateriales, ordenados bajo una dirección para el logro de fines económicos o benéficos. A los mismos fines, se llama ‘empresario’ a quien dirige la empresa por sí, o por medio de otras personas, y con el cual se relacionan jerárquicamente los trabajadores, cualquiera sea la participación que las leyes asignen a éstos en la gestión y dirección de la ‘empresa’”.

Este texto, originario de Norberto Centeno, escapó a la censura de la dictadura genocida que derogó muchísimos artículos del texto originario. No escapó, sin embargo, a la censura de los profesores universitarios “democráticos” vinculados a la patronal y a la indolencia de quienes sólo repiten las lecciones de otros. Unos y otros hacen de cuenta que la norma no fue escrita. Entre otras cosas porque con el texto en análisis no se puede hablar de “relaciones paralaborales” o disfrazar al verdadero empleador con la excusa de la tercerización. Es empleador quien detenta el control de la organización instrumental de medios para el logro de los fines de la empresa. Es trabajador quien actúa como medio personal (es decir, como capital variable) de esa organización.

Obsérvese la similitud entre el texto de Centeno y la definición de Marx (1997a:54) de la subsunción formal del trabajo en el capital: “El proceso de trabajo se subsume en el capital (es su propio proceso) y el capitalista se ubica en él como dirigente, conductor; para éste es al mismo tiempo, de manera directa, un proceso de explotación de trabajo ajeno. Es esto a lo que denomino subsunción formal del trabajo en el capital”.

No importa la condición jurídica por la que se tiene el poder de organizar esos medios para un fin (propiedad, locación, tenencia precaria, relaciones familiares, etc.). Se es empleador por producir la subsunción formal o real del trabajo vivo en el capital.

Ilustra: Valeria Ranvier

La propiedad tiene distintos significados y estructuras en los distintos modos de producción. La evolución del derecho es consecuencia de la negación de las condiciones de producción del comunismo primitivo y su trance a la división social del trabajo. Toda la teoría y todas las prácticas sociales tienen por objeto definir y justificar las desigualdades existentes en una sociedad dada. El concepto de propiedad no es una excepción. El derecho no se reduce a la mera coerción. El derecho tras la división social del trabajo es la resultante de la lucha de clases. El derecho es un compromiso que opera en el marco de la hegemonía, es la síntesis histórica de una lucha de clases. Y la regulación de la propiedad, como tal, es una consecuencia de los modos de producción y dominación de una sociedad.

El poder de un hombre sobre otro puede basarse en la mera coacción, en el ejercicio directo de la fuerza, pero en la medida que el poder sin legitimación, reducido a la nuda fuerza, no puede sostenerse, resulta menester asegurar un “consensus”. Por esta razón el Estado, que siempre es Estado de Clase, aparece tanto como aparato represivo como aparato ideológico.

Leyes, códigos, formas de propiedad, muy a pesar de sus custodios y sus adoradores, no preceden a la configuración conflictiva de la sociedad, son su convalidación escrita, la síntesis cristalizada de ambiciones e imposiciones colectivas querelladas en torno al mundo de la riqueza. La propiedad, en cualquiera de sus categorías, se ejerce tanto como supresión de otras formas de propiedad, como exclusión de potenciales propietarios; es la legitimación de un poder de control y de un poder de uso por parte de determinados miembros de la colectividad, y de la inermidad institucionalizada ante esos poderes por parte de otros miembros.

La propiedad sobre algo no es sólo la relación de una persona con un objeto, es la ubicación en un espacio de sórdidas belicosidades entre las personas, al mismo tiempo que ella misma es la beligerancia social en movimiento. De aquí que la propiedad jurídica deba ser vista como un efecto hipócritamente apologético de las clases (de su lucha). (García Linera 2021a:90)

Como se ha analizado en el apartado anterior, la condición de posibilidad de la subsunción del trabajo en el capital es la violencia institucional que pende como amenaza sobre la persistencia en el ser de aquellos que han sido privados de los medios de producción. Retomando la definición de García Linera, la propiedad es la legitimación de un poder de control y de un poder de uso por parte de determinados miembros de la colectividad.

Ilustra: Valeria Ranvier

De este modo, el marxismo perezoso que determina a la burguesía por la propiedad de los medios de producción, termina siendo apologético del discurso de la patronal que considera su poder de mando como una emanación de su derecho de propiedad sobre las cosas. Sin embargo, de la propiedad moderna sobre las cosas no surge ningún poder de mando sobre las personas. Tampoco surge del contrato, ya que nadie puede en el contrato moderno someterse a obligaciones indeterminadas. La solución de este misterioso y elusivo poder de mando (para la ideología jurídica burguesa) tiene una solución simple. El poder de mando es precisamente la amenaza de muerte legitimada que hace posible la subsunción del trabajo en el capital (2). De acuerdo con la tesis 8 sobre Feuerbach. “La vida social es esencialmente praxis. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica”.

Es imposible hablar de la producción o de la propiedad en general y producir una proposición con sentido. “Toda producción es apropiación de la naturaleza por

parte del individuo en el seno y por intermedio de una forma de sociedad determinada… es una tautología decir que la propiedad (la apropiación) es una condición de la producción… una apropiación que no se apropia de nada es una contradictio in subjecto” (Marx, 1997b: 287).

Las características de la propiedad responden a definiciones históricas. La titularidad de la propiedad no explica los modos de producción, son los modos de producción los que explican las características particulares de la propiedad (3). Lo que hace posible el poder de mando sobre el trabajo no es la propiedad sobre las cosas, sino la exclusión de la propiedad sobre los medios de producción y de los medios de subsistencia de una porción mayoritaria de la población.

El capital no es ninguna cosa, al igual que el dinero no lo es. En el capital, como en el dinero, determinadas relaciones de producción sociales entre personas se presentan como relaciones entre cosas y personas, o determinadas relaciones sociales aparecen como cualidades sociales que ciertas cosas tienen por naturaleza. Sin trabajo asalariado, ninguna producción de plusvalía, ya que los individuos se enfrentan como personas libres; sin producción de plusvalía, ninguna producción capitalista, ¡y por ende ningún capital y ningún capitalista! Capital y trabajo asalariado (así denominamos el trabajo del obrero que vende su propia capacidad laboral) no expresan otra cosa que dos factores de la misma relación” (Marx, 1997a:38).

Si se concibe a los derechos humanos como la garantía de acceso a las condiciones materiales de reproducción de la existencia para mujeres y hombres, la afirmación de los derechos humanos importa siempre una negación del capitalismo.

Ilustra: Valeria Ranvier

La propiedad histórica en el esclavismo y el feudalismo sí importan poder de mando sobre el trabajo. En el esclavismo, porque el trabajador es propiedad del amo, en el feudalismo, porque la propiedad, que en definitiva pertenecía a Dios, era concedida a los hombres (del rey a los siervos, pasando por los señoríos) para realizar su obra, que implicaba relaciones jerárquicas y obligaciones en el uso de la tierra. Por otra parte, a diferencia de la propiedad romana o moderna, cada porción de tierra tiene una multitud de “propietarios” ligados a ella por obligaciones que se expresan en tributos o corveas.

No es posible entonces hablar de propiedad o de producción en general sin producir un efecto mistificador, una naturalización y eternización de las formas presentes de explotación y dominación.

…toda forma de producción engendra sus propias instituciones jurídicas, su propia forma de gobierno, etc. La grosería y la incomprensión consisten precisamente en no relacionar sino fortuitamente fenómenos que constituyen un todo orgánico, en ligarlos a través de un nexo meramente reflexivo. A los economistas burgueses les parece que con la policía moderna la producción funciona mejor que, por ejemplo, aplicando el derecho del más fuerte. Ellos olvidan solamente que el derecho del más fuerte es también un derecho y que este derecho del más fuerte se perpetúa bajo otra forma también en su ‘estado de derecho’” (Marx, 1997b: 287).

También resulta falso definir al trabajador o proletario por la relación salarial entendida como un pago de dinero por un período de tiempo sin tener en cuenta las condiciones sociales que hacen al modo de distribución de los productos de la sociedad.

Como el propio Marx se ocupa de señalar en el comienzo del libro II de El Capital, el dinero aparece muy temprano como comprador de servicios, sin que ese dinero se transforme en capital dinerario. Lo característico del sistema capitalista “…no es que se pueda comprar la mercancía fuerza de trabajo, sino que la fuerza de trabajo aparezca como mercancía” (Marx,1976:36). Esto es, las condiciones que hacen que la fuerza de trabajo aparezca como mercancía en el mercado, que no son otras que las que hacen posible la subsunción del trabajo en el capital (4).

El modo de remuneración más común de los operarios del siglo XIX no era el salario sino el destajo, la remuneración por la producción, que también se solía llamar ganancia del trabajador. A tantos carros de carbón, tantos pesos, a tantos bultos acarreados tantos pesos. Pero ello no le quita su carácter salarial, al menos en el pensamiento de Marx. No es la forma con la que se abona la remuneración lo que constituye el salario sino las condiciones sociales que hacen posible que el dinero que compra la mercancía fuerza de trabajo se transforme en capital dinerario.

Esta ausencia de pensamiento sobre las condiciones sociales de la adquisición del título a la distribución de bienes es expresamente atacada por Marx en los Grundrisse (1997b:188-189):

De este modo todas las categorías económicas se convierten en más y más nombres para la misma relación de siempre, y esta burda incapacidad de captar las diferencias reales termina por ser la presentación del common sense puro, del common sense como tal. Las “armonías económicas” del señor Bastiat significan au fond que existe una sola relación económica, la cual adopta diversos nombres, o que sólo en cuanto a los nombres se produce una diferencia. La reducción ni siquiera es formalmente científica, como cuando se reduce todo a una relación económica real de manera tal que la diferencia producida por el desarrollo sea puesta a un lado. No: ora se escamotea este aspecto, ora aquel otro, para que la identidad aparezca bien por aquí, bien por allá. A título de ejemplo: el salario es el pago por un servicio que un individuo presta a otro. (Aquí se deja de lado la forma económica en cuanto tal, como ya se observó más arriba.) El beneficio también es el pago por un servicio que un individuo presta a otro. Por consiguiente el salario y el beneficio son idénticos, y es una primera confusión idiomática que llámenlos a un pago salario, y al otro beneficio. Vayamos ahora al beneficio y el interés. En el beneficio el pago del servicio está sujeto a contingencias; en el interés ese pago es fijo. Ahora bien: como en el salario, relativement parlant, el pago es fijo, mientras que en el beneficio, en contraposición con el trabajo, está expuesto a contingencias, la relación entre el interés y el beneficio es la misma que la existente entre el salario como “sujeto a contingencias” y el beneficio como “fijo”. salario y el beneficio, la cual constituye, como hemos visto, un intercambio recíproco de equivalentes. Los contrarios aceptan pues esta fadaise (conforme a la cual se retrocede de las relaciones económicas en las que se manifiesta la antítesis, a aquellas en las cuales la misma todavía está meramente latente, encubierta) al pie de la letra.

El salario con relación al tiempo (jornal, quincenal o mensual) es ya el producto del siglo XX y de las estrategias de dominación del capital de tipo fordista. Por tanto, la aglomeración en la gran empresa o la relación salarial son el efecto de una estrategia del capital y no una invariante del capitalismo.

Afincarse en la forma jurídica del salario típico del siglo XX para determinar el carácter de trabajador es quedar preso en el arte de birlibirloque de los juristas burgueses y de los apologetas del libre mercado. Trabajo asalariado no es una forma de pago del trabajo.

Deja entonces de tener importancia la apropiación originaria del pago del cliente o si fue mediado por el empleador (como en los casos de “alquiler del taxi” o el trabajo del remisero para la agencia de remises), si fue por tiempo o producción, si el pago está en relación al ingreso efectivo de dinero (como en los trabajos “uberizados”) o al trabajo realizado.

Se es asalariado simplemente porque se es medio personal de una estructura empresarial ajena, porque se es capital variable en una situación social en la que el poseedor de la fuerza de trabajo no puede acceder ni al objeto ni al medio de producción. Se encuentra en consecuencia separado de las condiciones de acceso al alimento, al cobijo y a la cultura que hacen posible la perseverancia en el ser.

Desligados del fetichismo de la forma jurídica, se pueden entender los efectos de esta modificación de las formas de explotación y dominación, y paradojas aparentes como la que relata Pérez Soto (2022) con relación a las administradoras de fondos de jubilaciones y pensiones. Hechizado por los conceptos jurídicos de propiedad y de salario, sostiene que los dueños del capital serían los trabajadores (una vez más, el capital no es el dinero, sino una relación social) y los administradores de esos fondos, que reciben salarios de los trabajadores, asalariados. Como no puede asimilarlos al proletariado decide crear una nueva clase social dominante junto a la burguesía: la burocracia.

Si no es la propiedad la que interesa (el fetiche jurídico) sino el control real sobre los medios, no son los trabajadores los que detentan poder sobre el capital financiero sino quienes administran y dirigen estos fondos, lo que incluye la decisión política de favorecer o desmerecer determinadas industrias o empresas en virtud de la magnitud de los fondos aplicados en las sociedades por acciones.

Si nos desligamos del fetiche jurídico de la forma jurídica salarial, lo que se advierte es la apropiación del producto social en escala mayorista que realizan los administradores con la forma de decisiones de inversión y de “salarios” de los directores. No hay entonces una nueva clase social sino la vieja y conocida burguesía con sus funcionarios que son parte de los gastos de reproducción del capital. Esa apropiación del producto social en los procesos de distribución, intercambio o consumo es apropiación de plusvalía, tanto o más que la que realiza el burgués industrial durante el proceso de producción, succionando con el auxilio del Estado parte del salario para favorecer un capitalismo prebendario cuyas condiciones de acceso (todo acceso al capital implica una inversión importante) son aún mayores que las requeridas para una empresa industrial tipo. No estamos hablando de otra cosa que del capital financiero.

Los fondos de pensiones son un mecanismo para extraer aún más plusvalía de los salarios nominales de los trabajadores y crear un capital (generalmente por acciones) que es utilizado, por su magnitud y su declamada utilidad social con todas las virtudes del monopolio a favor de quienes tienen la posibilidad de dirigir esas masas de dinero. Ello no sólo permite los favores personales entre los administradores de los fondos de pensión y los titulares de las grandes empresas sino que la utilización de esos fondos como fondos de capital administrados por capitalistas ha redundado en mayor explotación y expoliación predatoria de los trabajadores de todo el mundo a través de la actividad de los fondos de inversión cuyo capital está integrado en gran medida por los aportes coactivos de los trabajadores del primer mundo. Esto puede observarse en todas las crisis de la deuda externa del siglo XXI. Los intentos de limitar los efectos de los endeudamientos desastrosos de los países (contraídos por los gobiernos vinculados a las burguesías coloniales o semicoloniales) encuentra como defensa que se estaría afectando el futuro previsional de los jubilados del primer mundo.

Esto demuestra que la propiedad, si no implica control social legitimado de algún recurso o medio de producción, carece realmente del significado económico político que implica la subsunción del trabajo en el capital. Sin querer, Pérez Casco, al atarse a los conceptos de la ideología jurídica, propiedad y salario, ha quedado atrapado en el juego de abalorios de la burguesía. Y como cualquier astrónomo ptolemaico, se ve obligado a dibujar epiciclos bajo la forma de invención de una nueva clase social dominante.

En la década de los ’90, para privatizar las empresas del Estado argentino se prometió el reparto de cuotas pequeñas del capital accionario a los trabajadores y se presentaba la enajenación del capital estatal y la pérdida de la capacidad del Estado para regular la economía como “democratización” del capital y economía popular de mercado.

Lenin (2004:50) en 1916 ya había puesto al descubierto este truco: “En efecto, la experiencia demuestra que basta con poseer el 40 por ciento de las acciones de una empresa para dirigir sus negocios, pues a un cierto número de accionistas pequeños, dispersos, les es imposible en la práctica asistir a las asambleas generales, etc. La ‘democratización’ de la posesión de las acciones, de la cual los sofistas burgueses y los oportunistas llamados ‘socialdemócratas’ esperan (o afirman esperar) la ‘democratización del capital’, el fortalecimiento del papel y la importancia de la pequeña producción, etc., es, en realidad, uno de los medios de reforzar el poder de la oligarquía financiera”.

Del mismo modo, que el trabajo esté sometido a un alea no lo hace independiente o “emprendedor”, lo que hace es poner en el mercado su nuda fuerza de trabajo, aunque quien apropie la plusvalía tome la forma jurídica fetichista de cliente o proveedor. Sólo basta para dar esa apariencia tocar con cuidado las formas contractuales.

Este tipo de sujetos ya fueron analizados por Marx en el Capítulo XVII del Libro II de El Capital, en la que designa a estos personajes como coposeedores de plusvalía en forma de renta, de interés, etc. Estos personajes no son capitalistas industriales, pero forman parte de la burguesía (5).

En la visión de Marx no interesa la figura antropomórfica de los sujetos humanos que aparecen como obrero o del capitalista:

Cada capital singular, sin embargo, no constituye más que una fracción autonomizada -dotada de vida individual, por decirlo así, del capital social global, así como cada capitalista singular no es más que un elemento individual de la clase capitalista. El movimiento del capital social se compone de la totalidad de los movimientos descritos por sus fracciones autonomizadas, de las rotaciones de los capitales individuales. Así como la metamorfosis de la mercancía singular es un eslabón en la serie de metamorfosis experimentadas por el mundo de las mercancías –la circulación de las mercancías–, la metamorfosis del capital individual, su rotación, es un eslabón en el ciclo del capital social (Marx,1987b: 430).

Lo que interesa del capitalista o del obrero en cuanto tales (en ese nivel de abstracción) es que son sujetos de una relación, no entidades ontológicamente conformadas. No hay un ser-del-obrero o del capitalista, no hay rasgos identitarios (¿el uniforme, el horario, la sujeción a instrucciones directas?) de los sujetos. Los sujetos son tales por ser polaridades de una relación: “El capital no es ninguna cosa, al igual que el dinero no lo es. En el capital, como en el dinero, determinadas relaciones de producción sociales entre personas se presentan como relaciones entre cosas y personas, o determinadas relaciones sociales aparecen como cualidades sociales que ciertas cosas tienen por naturaleza” (Marx, 1959a: 38). El capital no es una cosa sino una relación (6).

Si se entiende al trabajador como aquello de mameluco azul que está al lado de una máquina industrial, un concepto prototípico o quintaesencia del proletariado se está olvidando que el capital o el dinero son una relación y no una cosa:

La diferencia entre producto y capital es justamente la de que el producto en cuanto capital expresa una relación determinada, correspondiente a una forma histórica de sociedad. La presunta consideración desde el punto de vista de la sociedad, no significa otra cosa que perder de vista las diferencias que precisamente expresan la relación social (relación de la sociedad burguesa). La sociedad no consiste en individuos, sino que expresa la suma de las relaciones y condiciones en las que esos individuos se encuentran recíprocamente situados” (Marx, 1997b:204)(7).

Considerar a la sociedad como suma de individuos es precisamente el punto sobre el que se articula el fetichismo de la forma jurídica, que consiste en concebir los sujetos como entidades que se vinculan en igualdad mediante el intercambio de cosas. Esa es la vía por la cual los humanistas acometen “…la vana empresa de realizar la expresión ideal de esa sociedad”.

No es la sustancia del obrero o del capitalista la que debe buscarse, son las relaciones en el marco de la estructura empresa, inordinada a un sistema global que en el acto mismo de intercambio presupone relaciones de subordinación. Pero ello no se encuentra en la sustancia sino en la estructura de relaciones que nomina por su función a los sujetos.

«… Aunque en el acto Dinero (D) – Fuerza de Trabajo (FT), el poseedor de dinero y el de fuerza de trabajo sólo se comporten recíprocamente como comprador y vendedor, se enfrenten como poseedor de dinero y poseedor de mercancías, y en consecuencia se encuentren, bajo este aspecto, en una mera relación dineraria, sin embargo, desde un principio el comprador se presenta al mismo tiempo como poseedor de los medios de producción, que constituyen las condiciones objetivas para que el poseedor de la fuerza de trabajo la gaste en forma productiva. En otras palabras: estos medios de producción se contraponen al poseedor de fuerza de trabajo como propiedad ajena. Por otra parte el vendedor de trabajo se contrapone a su comprador como fuerza de trabajo ajena, que tiene que pasar a depender de éste, que tiene que ser incorporada a su capital para que éste actúe efectivamente como capital productivo. Por eso la relación de clase entre capitalista y asalariado ya existe, ya está presupuesta en el momento en que ambos se enfrentan en el acto D-FT (del lado del obrero, FT-D). Es compra y venta, relación dineraria, pero una compra y una venta en las que se presuponen el comprador como capitalista y el vendedor como asalariado, y esta relación está dada por el hecho de que las condiciones para que se efectivice la fuerza de trabajo — medios de subsistencia y medios de producción— están separadas, como propiedad ajena, del poseedor de la fuerza de trabajo» (Marx, 1976:36-37).

Por eso es fundamental acudir al concepto de subsunción formal del trabajo en el capital para entender el sofisma que se encuentra detrás de los discursos del fin del proletariado o de las actividades de los “emprendedores”. El trabajo dependiente, en estas condiciones, no va a desaparecer en tanto se perpetúen las condiciones que hacen posible que el dinero actúe como capital dinerario. El trabajo asalariado no sólo es coextensivo con el capitalismo, es coextensivo con la forma capital.

Durante el tiempo de predominio del método de producción fordista taylorista, las deficiencias teóricas de la definición de trabajador podían parecer exclusivamente una cuestión académica con todos los reproches de bizantinismo. Es sabido que los abogados y los políticos prácticos tenemos algo de Sancho Panza y tendemos a rehuir de toda cuestión que no se vincule a resultados inmediatos. Si la definición tenía problemas, y todos sabíamos que había algo que olía mal en Dinamarca, en la medida que más o menos funcionase, no teníamos por qué hacernos demasiadas cuestiones. Muchas veces el espíritu de investigación tiene poco de Hamlet y mucho de Tartufo.

Notas

(1) “Las funciones que ejerce el capitalista no son otra cosa que las funciones del capital mismo —del valor que se valoriza succionando trabajo vivo— ejercidas con conciencia y voluntad. El capitalista sólo funciona en cuanto capital personificado, es el capital en cuanto persona; del mismo modo el obrero funciona únicamente como trabajo personificado, que a él le pertenece como suplicio, como esfuerzo, pero que pertenece al capitalista como sustancia creadora y acrecedora de riqueza. Ese trabajo, en cuanto tal, se presenta de hecho como un elemento incorporado al capital en el proceso de producción, como su factor vivo, variable” (Marx 1997a: 19)

(2) Marx (1997b: 186): “En la evolución de la ciencia esas determinaciones abstractas son las primeras en aparecer y las más pobres, tal como también ocurre, en parte, históricamente; lo más desarrollado es lo posterior. En el conjunto de la sociedad burguesa actual, esta reducción a precios y a su circulación, etc., aparece como el proceso superficial bajo el cual, empero, ocurren en la profundidad procesos completamente diferentes, en los cuales aquella igualdad y libertad aparentes de los individuos se desvanecen. Por un lado se olvida desde un principio que el supuesto del valor de cambio, en cuanto base objetiva del sistema productivo en su conjunto, ya incluye en sí la coerción al individuo; que el producto directo de éste no es un producto para él, pues sólo llega a serlo a través del proceso social y tiene que adoptar esa forma general aunque exterior; que el individuo sólo existe en cuanto productor de valor de cambio, lo que implica la negación absoluta de su existencia natural; el individuo, pues, está completamente determinado por la sociedad. Se olvida, asimismo, que todo ello presupone además la división del trabajo, etc., en la cual el individuo aparece inserto en relaciones diferentes a las de los meros sujetos del intercambio, etc.; que no sólo el supuesto de ningún modo surge de la voluntad ni de la naturaleza inmediata del individuo, sino que es histórico; el individuo se encuentra puesto ya por la sociedad. Se desconoce, por otra parte, que las formas superiores en las cuales [se realiza] ahora el intercambio o las relaciones de producción que en él se realizan, de ninguna manera quedan fijas en ese carácter determinado simple donde la mayor diferencia a la que se llegaba era más formal, y por ende más indiferente. No se ve, por último, que ya en la determinación simple del valor de cambio y del dinero se encuentra latente la antítesis entre el trabajo asalariado y el capital, etc. Toda esta sabiduría consiste pues en quedar atados a las relaciones económicas más simples, las cuales, consideradas aisladamente, son abstracciones puras, mientras que en la realidad se manifiestan más bien a través de las antítesis más profundas y sólo presentan un lado en el que su expresión se ha esfumado”.

(3) Marx (1997b: 191): “En la historia se presentan otros sistemas que constituyen la base material de un desarrollo inacabado del valor. Como el valor de cambio en esos sistemas desempeña tan sólo un papel secundario respecto al valor de uso, la base real de aquél no es el capital, sino las relaciones inherentes a la propiedad de la tierra. La moderna propiedad de la tierra, por el contrario, no se puede incluir aquí, ya que no puede existir sin el supuesto del capital; históricamente aparece, en efecto, como una forma de la precedente conformación histórica de la propiedad de la tierra, pero como una forma producida por el capital, modelada adecuadamente por éste”.

(4) Marx (1976:36): “Del lado del obrero: la activación productiva de su fuerza de trabajo sólo se hace posible a partir del momento en que, a raíz de su venta, se la pone en contacto con los medios de producción. Por lo tanto, antes de la venta, existe separada de los medios de producción, de las condiciones objetivas que se requieren para su activación. En este estado de separación no se la puede emplear directamente para producir valores de uso destinados a su poseedor, ni para producir mercancías de cuya venta éste pudiera vivir. Pero tan pronto como, al ser vendida, entra en contacto con los medios de producción, constituye, al igual que éstos, parte constitutiva del capital productivo de su comprador”.

(5) Marx, (1976:408): “Pero más allá de esto, el capitalista ya no aparece como punto de partida de la masa dineraria que se encuentra en la circulación. Desde ahora, sin embargo, sólo existen dos puntos de arranque: el capitalista y el obrero. Todas las terceras categorías de’ personas, necesariamente, o reciben dinero de esas dos clases a cambio de prestaciones de servicios, o en la medida en que lo perciben sin contrapartida, son coposeedores del plusvalor bajo la forma de renta, interés, etc. El hecho de que el plusvalor no permanezca íntegramente en los bolsillos del capitalista industrial, sino que éste tenga que compartirlo con otras personas, nada tiene que ver con el problema que aquí nos ocupa”.

(6) “Si de este modo se hace abstracción de la forma determinada del capital y sólo se pone el énfasis en el contenido, que como tal es un momento necesario de todo trabajo, nada más fácil, naturalmente, que demostrar que el capital es una condición necesaria de toda producción humana. Se aporta la prueba correspondiente mediante la abstracción de las determinaciones específicas que hacen del capital el elemento de una etapa histórica, particularmente desarrollada, de la producción humana. El quid de la cuestión reside en que, si bien todo capital es trabajo objetivado que sirve como medio para una nueva producción, no todo trabajo objetivado que sirve como medio para una nueva producción, es capital. El capital es concebido como cosa, no como relación” (Marx 1997b:197).

(7) Seguidamente Marx ejemplifica: Como si alguien quisierad decir: desde el punto de vista de lasociedad no existen esclavos y citizens, éstos y aquellos son hombres. Más bien lo son fuera de la sociedad. Ser esclavo y ser citizen constituyen determinaciones sociales, relaciones entre los hombres A y B. El hombre A, et cuanto tal, no es esclavo. Lo es en y a causa de la sociedad.

(8) Marx (1997b:187): “El deseo de que-el valor de cambio no se desarrolle en capital, o que el trabajo que produce valor de cambio no se vuelva trabajo asalariado, es tan piadoso como estúpido. Lo que distingue a estos señores de los apologistas burgueses es por un lado el atisbo de las contradicciones insertas en el sistema; por el otro el utopismo, el no comprender la diferencia necesaria entre la conformación real y la conformación ideal de la sociedad burguesa y, de ahí, el querer acometer la vana empresa de realizar la expresión ideal de esa sociedad, expresión que es tan sólo la imagen refleja de tal realidad. A estos socialistas se opone el insulso argumento de la economía más moderna y corrompida, el cual demuestra que las relaciones económicas expresan por doquier las mismas determinaciones simples. Esta economía encuentra en todas partes la igualdad y libertad del intercambio de valores de cambio, determinado de manera simple, y lo reduce todo a pueriles abstracciones”.