VIDA LLEVA DOS SÍLABAS

Sábado 12 de noviembre del 2022

Escribe: Guillermo Fernández

Se habían acostumbrado a las gasas atadas a los dedos. Decían que no era por las heridas. Los que se encargan de los internados no les daban las pastillas. Así dijeron. Mano izquierda, los calmantes y los diuréticos. Mano derecha, los anticoagulantes y las pastillas para la presión. Las encargadas de distraerlos le sacaban el brazo de las sábanas y controlaban la mano con moños. No había pizarras en las camillas y la temperatura se calculaba con un termómetro que pasaba de cama en cama y de axila a axila.

A las mujeres, Silvio, el chofer siempre dispuesto, les cortaba el pelo dos veces al mes. Las colocaba en fila y con una sola asistente, así le gustaba que la llamaran, con guantes de látex, cubiertos de pelusa y manchados con restos de salsa o de sopa las rapaban. Gritaban a veces por el dolor, otras por la tristeza de la mutilación.

No las llamaban por el nombre. Las reconocían por las vendas sucias que les quedaban a la mañana y a la tarde.

Desnudaban a los hombres. Ellos habían perdido el pudor y en el Instituto el olor a orín y a mierda indicaba que todavía respiraban y seguían en pie. Caminar con la verga al aire, con las nalgas apretadas, por si acaso se escapaba algo, avisaba de que los remedios hacían efecto. Las necesidades de intestino y de la vejiga los ponían en movimiento. Al piso lo baldeaban con manguera y tachos con desinfectantes. La limpieza del salón se convertía en una ducha general.

Foto: Lu Gutiérrez.

A Remigia la trajeron amordazada. Cuando Silvio la bajó del coche, la plantaron frente a la mesita de entrada. Fita, la encargada fingió que escribía unos datos que la mujer llevaba en un papel doblado en el bolsillo de una camisola. A todos les pasa lo mismo. No saben de dónde vienen, gritó con bronca. No tienen familia, ni vecinos para llamar si pasa algo. Ese algo, lo dijo, por las dudas, en voz baja, como un secreto de mujer a mujer.

La encontraron en la calle, cerca del potrero. Costó traerla. Una voz intentaba cubrirla de la intemperie. Era del conductor que recién había encendido un cigarrillo. Mientras tanto Fita guardaba las hojas en una carpeta. Los click, click de la abrochadora sonaban a palabras atragantadas.

Se registraban los ingresos como ejercicio, como una escena que había repetir para que los hombres y las mujeres apilados en los salones contaran con un número.

Remigia venía con un nombre y un delantal con manchas. Silvio con el cigarrillo sin encender contó cómo se llamaba y que hubo que agarrar un palo para que un hombre no la arrastrara por el pasto y las latas. No se lleven a Remigia, gritaba, mientras agarraba una botella rota del piso. Desde una casa, lo llamaron Venancio.

Foto: Lu Gutiérrez.

A lo mejor, noviaba. El chofer se rió y apagó el cigarrillo en el piso. Acá no se fuma, sabés, Remigia.

La sentaron en una silla vieja y le quitaron la venda de la boca. Cuando la dejaron sola, se levantó y se acercó a una ventana. Miró al vacío. El descampado ocupó toda su vista. Lo único que reconocía. “Esperáme. No te van a llevar. No va a pasar mucho tiempo sin  que una noche no te vaya a buscar. Quedáte cerca de una ventana. Yo ya estuve y conozco todos los recovecos. Hay un pasillo grande. Salto y te traigo». ¿Qué hacés ahí?, le dijo el chofer con otro cigarrillo en la boca. No se te ocurra nada raro. Ella giró y quedó de espalda con la mirada fija. Escuchaba voces. «Llevála al salón grande. La vamos a bañar. Las que vienen de la calle quieren escapar. Prepará la manguera con el agua fría, por las dudas de que intente golpearse«.

Le tiraron una toalla con agujeros. No tenía fuerzas para secarse. Quedó quieta con ese trapo en el piso. Le gritaron desde la puerta del salón. Siempre les hablaban en voz alta, como si todos pudieran obedecer. Vino una mujer con una camisola abierta para ayudarla. Todavía tenés detergente y algo de lavandina en el cuerpo. «Acá no usan jabón, sabés«. Ella no contestó, pero se dejó frotar el cuerpo. Me dicen Petra, dijo. Llevo tiempo acá. Todavía no sé por qué me trajeron.

Silvio espiaba desde la puerta a las dos mujeres. Hacía las veces de camillero, colocaba inyecciones y limpiaba los inodoros. No se conocía su apellido. Tampoco el de Fita la de la mesita de entrada, llena de papeles que sacaba y ponía de carpetas amarronadas por la humedad.

Una vez que abría los biblioraptos recorría con los dedos sucios las hojas y repetía nombres. En eso consistía su trabajo de asistente. También atendía un teléfono oscuro y simulaba una conversación con un superior. Casi siempre había víctimas y castigos. Abría la carpeta y anotaba en un cuaderno el mensaje que le indicaban. Llamaba al chofer para repetir la orden. Esa vez, dijo Remigia y el hombre asintió. Apagó el cigarrillo en el piso y mirando a la mujer distraída con las carpetas, dijo que sabía que no se fumaba. Ella movió la cabeza. La voz que escuchaba le resultaba conocida.

A Remigia la sacaron de la cama y la trasladaron en una silla de ruedas a una sala. Le hablaron de que Silvio la había sacado del baldío con la camioneta. Tenés una infección en la pierna, le dijo la mujer que la había ayudado a secarse. Le dio la espalda para ir a un armario a buscar una jeringa que ya tenía un líquido amarillo.

En unos pocos segundos ya su brazo retenía el remedio. No había dolor. El cuerpo de Remigia parecía estopa. Hubo que sostenerle la cabeza por una convulsión que la hizo agitar. Transpiró. Todo estaba tan previsto como las cajas de inyecciones medio llenas. Hasta las frazadas grises por las dudas de que los escalofríos duraran más del tiempo previsto. Fue descuido, dijeron. Esta vez hubo gritos en todo el salón. Remigia no estaba en la cama. La asistente dejó la carpeta que tenía a mano y buscó otra para comprobar que había habido fecha de salida, que la rutina del teléfono que no paraba de sonar, a lo mejor la había aturdido y la había hecho descuidar su catálogo de internos. Se puso a revisar con su uña sucia uno por uno los traslados de un centro a otro.

Silvio movía la cabeza. Había pasado revista por los baños. Muchas veces simulaban que se descomponían y se encerraban con el cerrojo. Nada. Se cuidaban de las ventanas. Con tantos remedios encima, nadie tenía fuerza para abrirlas.

Remigia se había levantado. El Silvio corrió a la sala de inyecciones. Revisó las etiquetas. La dosis fue la indicada. No había habido error. Petra también faltaba de la habitación. Había que inventar dos cadáveres. El castigo por la fuga caería sobre ellos. La mirada Fita siguió en el vacío, en un hueco con dos nombres de mujeres ausentes. Ella se había largado a llorar. Se había equivocado con el registro. Quizás nunca habían ingresado. Lo dijo en voz alta. Era la primera vez que Silvio escuchaba su voz.

Ensayaron los pasos de las dos muertes. Nadie se iba a enterar de las ausencias. Los remedios ayudaban crear un mundo de sombras que deambulaban sin consecuencias.

El chofer no discutió con la chica su plan. La dejó con la boca abierta y ojos llenos de lágrimas a la espera de que el teléfono negro sonara para averiguar qué había pasado. Fita abrió una carpeta nueva. Sacó del cajón del escritorio unas hojas rayadas. Escribió nombres. Los primeros que se le ocurrían. Cuando su cabeza no tuvo más imaginación, copió apellidos de una guía de teléfono. Nunca llegó a la “erre” para no convocar a Remigia y a su socia. Con dos click, click perforó y encarpetó el listado.

El Instituto se había llenado con un índice forzado de gente nueva. Una columna de nombres que bien podrían salvarla del castigo. Iba a acomodar su escritorio cuando sonó el teléfono. No quiso atender. Dejó pasar un rato. Volvió a sonar con más fuerza. La buscaban para interrogarla. Todo se sabía. No atendió porque una sombra en la puerta la distrajo.

Silvio se había ido. No era él. El motor de la camioneta le indicaba que alguien había llegado. Ella no podía avisarle de que no estaba sola. Pudo ver que una sombra se acercaba con un palo en la mano.

Me costó traerlas, dijo Silvio con sangre en la cara sosteniendo dos bolsas de arpillera con los brazos.

“Me hiciste caso y me esperaste. Nos habíamos prometido un juntos para siempre. Pasé noches enteras hablándote. Limpie chapas y cascotes para que siguiéramos en la cueva. Escuché que respirabas a lo lejos. Pude seguirte. Nunca pude olvidar el silencio y la manera con que me mirabas a la mañana. Creo que me vienen a buscar. Es la única manera de estar juntos de vuelta”

Casi siempre a la noche había voces. Se despertaban y llamaban para que los vinieran a buscar familiares. Fita no tuvo tiempo de levantarse para ayudar a Silvio.  Él cayó al piso con la boca abierta, como si hubiera querido decir algo. Era tarde.

Como pudo arrastró los bultos hacia la camioneta y los colocó en la parte de atrás. Iba a ponerla en marcha, cuando la sombra de la entrada, le detuvo la mano en el volante. Fue un mandato que esta vez no sonó en el teléfono.

Desde la puerta, le gritaron que bajara del coche. Llamaron otra vez. No podía levantar el aparato. No quedaba mucha tarea para hacer. Abrió la carpeta y preguntó el nombre. Anotó. Con un click, clik, guardó todo en el armario como le habían enseñado.

Iba a esperar la primera luz de la mañana siguiente con la puerta abierta de par en par. Podía haber más pacientes para dar ingreso.